24 de febrero de 2017

Lee el primer capítulo de Naturaleza de una Liberación


Elizabeth Kremer había aprendido, en poco tiempo, que los sueños tenían un significado que no debía ignorar, sobre todo, desde que llegó a Inglaterra y conoció a Christopher Stone. Eran precisamente los sueños, los que la llevaron a convertirse en Elizabeth Stone, y pasar por un gran sufrimiento y angustia, que luego se transformó en su mayor felicidad.
Su vida con Christopher pudo ser tormentosa en el comienzo, pero todo eso fue olvidado, cuando abrió su corazón a una verdad que no podía seguir negándose a sí misma: estaban destinados el uno para el otro. Fue ahí cuando descubrió al verdadero Christopher, ese hombre tan viril que podía enamorar a cualquier mujer, y que al mismo tiempo, se convertía en un chiquillo quisquilloso, robándole varias sonrisas. Sin embargo, había algo que la inquietaba de nuevo: su último sueño.
Sus sentimientos al ver la estatua, no eran los mismos de las veces anteriores, pero el hecho de que esta se destruyera con solo tocarla, y quedara hecha cenizas a sus pies, la atormentaba; además del final, en el que veía a lo que imaginaba era el Turul, y la risa espantosa de una mujer que, incluso dormida, logró helarle la sangre; así como el descubrimiento de que el castillo en ruinas, era precisamente Gillemot Hall; y que el laberinto de la estatua, existía en cierta forma.

Luego de recuperar la calma, preguntó a Nani si había algo así en la propiedad, y ella le comentó que hacía varios años, un jardín en forma de un pequeño laberinto de paredes muy bajas, quedaba ubicado junto a la mansión; la señora Sophia había ordenado colocar en su lugar, solo un jardín común, pues no le gustaban los laberintos. Beth le preguntó si en el centro quedaba alguna estatua, a lo que la mujer le respondió que así era, y que esta era la de un ángel guerrero, pero ya no se encontraba entre las posesiones de la familia, porque fue vendida por la misma razón. Todos esos descubrimientos la tenían nerviosa y ansiosa, tratando de descubrir qué significaban.
―Señora Stone… ―La voz de Lissa la sacó de sus pensamientos, y más por el tono molesto que la chica usó―. Ya indiqué a Hannah la habitación que podrá usar, las horas que permanezca aquí.
―Gracias, Lissa ―dijo Beth, decidiendo que luego le preguntaría qué le sucedía, y pasó a dirigirse a la otra mujer―. Hannah, no es necesario que estés todo el tiempo junto a mí. Puedes ocupar el día en hacer lo que desees.
―Becca me instruyó antes de irse sobre lo que debía hacer y, por indicaciones del señor Stone, no debo apartarme de usted. De igual forma, procuraré darle su espacio. ¿Puedo sentarme? ―Beth frunció el ceño ante esa petición, pero asintió con la cabeza, y observó cómo ocupaba el sillón frente a ella, mientras Lissa soltaba una exclamación, y se alejaba luego de preguntarle si necesitaba algo más.
La mujer era muy hermosa, sin embargo, había algo en su expresión, que la hacía ver mayor de los veintiocho años, que Beth sabía que tenía. Era alta como Emma, de curvas bastante pronunciadas, cabello negro y piel blanca, y caminaba con coquetería; no como Eva, que se veía natural y elegante, sino de la forma atrevida e insinuante. En general, la mujer le agradó muy poco, pero no la criaron para juzgar a las personas de forma tan superficial, y después de todo, ella no sería su amiga sino su enfermera, y ya que Christopher la había aprobado como profesional, para ella estaba bien.
Se encontraban en la terraza, aprovechando los rayos de sol de la mañana, aunque el frío de la temporada, se podía sentir incluso a esa hora.
―Hermosa mañana, y una propiedad impresionante. ¿Pertenece al señor Stone? ―preguntó la mujer, mirándola con una sonrisa en los labios.
Sin saber por qué, Beth sintió molestia por la pregunta, e imaginando que se debía a que estaba todavía alterada, por el sueño que había tenido, lo dejó pasar y se limitó a contestar.
―Pertenece a la familia.
―¿A la familia del señor o a la suya?
―A nuestra familia ―respondió Beth, bruscamente. Esa pregunta sí la había molestado.
La mujer abrió la boca para decir algo más, cuando Lissa las interrumpió.
―El señor Stone, señora ―anunció, extendiéndole el teléfono con mano temblorosa.
«Mierda, el celular», pensó Beth, dándose cuenta de que no lo había tomado, al salir corriendo de la habitación. Le agradeció a la chica, y se acercó el aparato al oído.
―Hola, mi amor.
―¿Por qué no contestas el maldito celular? ―increpó Christopher con tono desesperado.
―Estoy segura de que esa pregunta ya te la respondió Lissa.
―Ella me dijo que lo habías dejado en la habitación, pero yo quiero saber, ¿por qué lo dejaste ahí?
Beth suspiró y rodó los ojos. Podía apostar que por la mente de Christopher, ya habían pasado escenas horripilantes, en las que ella era la víctima.
―Christopher, cálmate. Solo tuve una pesadilla y… ―Miró a la mujer frente a ella, que la observaba a su vez, y bajó la voz para evitar ser escuchada por esta. No le importaba que Becca o Lissa oyeran sus conversaciones, pero no era lo mismo con una extraña―, y salí de la habitación apresuradamente, eso es todo.
―Tú no deberías tener pesadillas, nena. Mi deber es hacerte feliz, para que nada perturbe tus sueños. Y si fallo, quiero que me llames y me cuentes, para poder consolarte y apartar tus miedos.
Una enorme sonrisa se extendió por sus labios, sin poder evitarlo, y pudo sentir cómo su rostro, a pesar del frío, se calentaba. Mas no pensaba darle alas.
―Fue solo una pesadilla, mi amor. Algo que todas las personas tienen.
―No mi mujer.
―También tu mujer. Christopher, hay cosas que no puedes controlar, y el mundo de los sueños es una de ellas.
―Eso es lo que no me deja vivir tranquilo.
―Me haces falta ―declaró para cambiar de tema, sin apartarse de la verdad.
Christopher suspiró, y guardó silencio por unos segundos.
―Voy para allá.
―No es necesario ―dijo a regañadientes, porque ella lo deseaba a su lado―. Estuviste mucho tiempo fuera, y tú mismo me comentaste que el trabajo era demasiado. Piensa en la pobre Eva, que tiene carga extra al estar sola.
―Tu querida Eva no ha hecho más que quejarse. La otra semana llegan los nuevos pasantes, y si no fuera por Sara que se quedó a colaborarle, y Jerry, que no se le quiere despegar, ya me habría lanzado por la ventana.
Beth soltó una risita y sacudió la cabeza.
―Yo puedo ir a ayudarte, o ayudar a Sara.
―Preciosa, no pienses que voy a permitir que te agites en tu estado; y lo que me está volviendo loco no es el trabajo, sino las quejas de la malcriada que tengo por asistente.
―Es tu prima, Christopher. Ten algo de consideración con… ¡Oh! ¡Hola! ―exclamó Beth a quienes llegaban.
―¿Quién es? ―preguntó Christopher con recelo.
―Amor, son Emma y Liam. Tengo que cortar. Te amo.
―¡Liam! ¡El mocoso ese…! ―Fue lo último que Beth escuchó, antes de cortar la llamada.
Beth abrazó al chico con cariño y saludó a Emma, ignorando el teléfono que sonaba insistente a su lado.
―¡Qué bonita estás, Beth! ―Liam se sentó a su lado en el sofá, con una gran sonrisa adornando su rostro infantil, y pícaro a la vez―. ¿Cómo te fue en el viaje?
―Me fue muy bien, Liam. ―«Demasiado bien diría yo». No pudo evitar sonrojarse, al recordar todo lo vivido en su luna de miel.
―Te has puesto roja. ¿Te sientes bien? ―preguntó Liam inocentemente, haciendo que ella se sonrojara aún más.
La chica negó con la cabeza, al sentir cómo su cuerpo se encendía levemente, pero enseguida se ratificó.
―Quiero decir… No te preocupes. Estoy bien.
Lissa llegó en ese momento con otro teléfono, y expresión mortificada.
―Lo siento, señora. El se…señor… ―tartamudeó la chica y entregó el auricular, el cual Beth contestó lanzando un suspiro.
―Sigo viva ―dijo al hombre del otro lado de la línea.
―Pero ese chiquillo no por mucho ―gruñó Christopher.
―Christopher, por favor ―rogó Beth en voz baja, para que únicamente él escuchara―. Es solo un niño. No tienes que temer a su pene, no sirve aún para eso. ―El sarcasmo salió de sus labios antes de pensarlo.
―¿Cómo sabes eso? ¡¿Acaso te lo mostró?!
―¡Christopher, basta! ―gritó, para enseguida bajar de nuevo la voz―. Es un niño. Podría incluso ser tu hijo, y no, no me ha mostrado nada, pero asistí a clases de biología en la escuela y por eso lo sé. Ahora te voy a agradecer que te calmes, te concentres en tu trabajo, y me dejes a mí recibir a la visita en paz, si no quieres que ordene desconectar todos los teléfonos de la casa, y no permitirte la entrada a la propiedad. Porque te recuerdo que soy tu esposa, y me diste total poder sobre Gillemot Hall, delante de todos los empleados, sin contar con que estoy segura, de que tendría el apoyo de tus padres y el tío Alex. Ahora te pregunto: ¿Te calmarás, me dirás que me amas, y no volverás a llamar a menos que sea necesario?, o ¿doy la orden ahora mismo?
Christopher refunfuñó algo ininteligible antes de hablar.
―Te amo, nena. Tengo trabajo ―dijo a regañadientes.
―Yo también te amo.
Beth cortó la llamada y miró a Emma, quien sacudió la cabeza reprobatoriamente. Beth sabía que Christopher no era del agrado de la rubia, desde que le contó lo de la noche de bodas, y cada vez que él se mostraba posesivo con ella, eran puntos que perdía. Se encogió de hombros, y en ese momento recordó la presencia de la nueva enfermera; miró a la mujer, y se sorprendió al verla con expresión contrariada, como si estuviese conteniendo la rabia. «Qué mujer tan extraña».
―Ya te puedes retirar, Hannah. Si te necesito te llamo.
La enfermera tardó un par de segundos en obedecer, y se despidió con un ligero movimiento de cabeza, para luego, desaparecer en la casa.
―Imagino que esa es la nueva enfermera. ―Beth asintió para responderle a Emma―. Becca habría desaparecido sin que se lo ordenaras. No me gusta esta mujer.
―Christopher la estudió bien. Es un poco extraña…
―Y chismosa ―completó la rubia.
―Y chismosa ―concordó Beth―, pero apenas es el primer día. Esperemos a ver qué sucede más adelante.
―¿Puedo tocarla? ―preguntó Liam, señalándole la panza. Beth sonrió y se abrió un poco la bata, para que el niño palpara sobre el pijama, olvidando así el asunto de Hannah.
En lo que restó del día se mantuvo alejada, y prácticamente ni la vieron, por lo que Beth imaginó que había captado muy bien el mensaje.
Al acercarse el final del día Becca llegó, y Hannah se despidió para regresar a la mañana siguiente. Una vez solas, Beth fue sometida a un interrogatorio sobre la nueva enfermera, y Becca prometió hablar con ella sobre el asunto de la privacidad.
―Debe estar cerca pero no encima, y mucho menos formar parte de sus reuniones sociales ―dijo la mujer con tono serio y molesto.
Al llegar Christopher, el interrogatorio fue el mismo.
―Ustedes dos me van a volver loca ―se quejó Beth, apretando a Gabriel contra su pecho.
―No aprietes el oso contra tu barriga, Elizabeth. Le puede hacer daño al bebé.
Beth lo miró con el ceño fruncido.
―Y cuando te tengo encima, ¿no le hago daño?
―No, porque él sabe que es su padre dando placer a su madre ―dijo Christopher en tono serio. Beth rodó los ojos, aguantó la risa y no soltó el muñeco.

Al acostarse, Christopher le pidió que le contara sobre7 la pesadilla, pero Beth insistió en que solo lo necesitaba a él para calmar sus temores, y así sucedió. Él la tomó en brazos, y le hizo el amor lentamente, apartando todos sus miedos, y prometiéndole sin palabras, protegerla por siempre. Esa noche no hubo pesadillas que perturbaran su sueño.
Al amanecer, Beth despertó con un beso de Christopher, quien ya se encontraba vestido.
―No quiero que vuelvas a tener pesadillas, por eso, te despertaré todas las mañanas antes de irme a trabajar.
Beth sonrió, y lo abrazó por el cuello para acercarlo a ella.
―Despiértame más temprano ―pidió, y lo besó de forma sugerente―. Así te podrás ocupar de mi desayuno.
Estiró la mano, y al tiempo que terminaba la frase, le apretó la entrepierna por encima de la tela del pantalón.
Christopher gruñó, y le devolvió el beso de manera salvaje y necesitada.
―De saber antes, que al quedar embarazada te volverías tan… ansiosa, te habría hecho mía el primer día en que te vi.
Beth recordó ese momento, y un sentimiento hizo latir más fuerte su corazón: el reconocimiento. Cuando lo vio esa vez en la universidad, sintió temor por ese hombre misterioso, que la miraba con una posesión y furia casi incontenibles; pero también fue consciente de que, por motivos que no conocía en ese momento, ella le pertenecía por completo.
Lo besó de nuevo, y en ese gesto le pidió que se quedara con ella. Él, que tenía todas las intenciones de complacerla, comenzó a posicionarse sobre ella, cuando el timbre del celular lo hizo maldecir. Lo tomó del bolsillo de su pantalón, miró la pantalla y respondió.
―¿Qué quieres, Kendal? ―gruñó.
―Que le quites las manos de encima a tu hermosa mujercita, y vengas rápido, porque tenemos que ultimar detalles para la reunión de hoy.
―¡Hola, Kendal! ―gritó Beth, para hacerse escuchar.
Christopher lanzó una mirada de advertencia a su esposa.
―¡Lo sabía! ―exclamó Kendal, jubiloso―. Muñequita, al medio día me escapo, y te enseño lo que es un hombre de verdad ―gritó con tanta fuerza, que Beth lo pudo escuchar, a pesar de que el altavoz no estaba activado.
Beth comenzó a reír, pero no tuvo tiempo de responder, porque Christopher la besó con tanta energía, que su voz quedó atrapada en la boca de él. Cuando por fin se separó, ella se encontraba jadeante, y él satisfecho.
―Esta mujer es mía, Kendal. Solo yo puedo dejarla en el estado en el que ahora se encuentra ―declaró y cortó la llamada, mientras escuchaba las fuertes carcajadas del otro lado de la línea.
―Eres un grosero ―dijo Beth, viéndolo levantarse y acomodarse la ropa.
―No, solo aseguro lo que es mío.
―¿Y yo cómo lo puedo hacer?
Christopher la miró a los ojos, y en los suyos ella pudo ver la sinceridad y firmeza de las palabras, que estaba por pronunciar.
―Yo te pertenezco por completo, Elizabeth. No tienes que asegurar nada, porque yo mismo me mantendré atado a tus pies, hasta el día en que me muera.
El recuerdo del último sueño llegó a ella, y el pensar en la estatua de él desmoronándose, hizo que su corazón se encogiera de angustia. Se levantó de la cama y lo abrazó por la cintura.
―No hables de muerte, Christopher. Dios te ha puesto en mi camino como un regalo, y estoy segura de que Él no te apartará de mí en muchos, muchos años.
Christopher también la abrazó y besó su cabello.
―El regalo eres tú. Y te prometo que estaré a tu lado, hasta que ninguno de los dos pueda masticar ni caminar.
Beth soltó una risita por la declaración, aun así, no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla.

Cuando Hannah llegó, Beth se hallaba en la cama, jugando con Naomi. El médico le había indicado, que el mayor riesgo se presentaba en los tres primeros meses, y ella no iba a seguir apartada de su mascota mucho más.
La mujer entró a la habitación en compañía de Becca, quien por su expresión de seriedad, demostraba que ya había conversado con ella.
―Ya debo irme, señora ―anunció―. Con su permiso.
Se retiró luego de darle una mirada significativa, a la mujer a su lado.
Luego de que la puerta se cerró, Hannah saludó a Beth, y posó la mirada en la gata, e hizo una mueca de asco. Beth frunció el ceño ante tal reacción. Ninguna de las otras empleadas, había mostrado tal desprecio hacia su mascota, unos le temían y otros preferían mantenerla lejos; no obstante, todos se abstenían de mostrar lo que en realidad sentían al verla.
―Buenos días, Hannah ―contestó Beth en tono seco―. Quiero estar sola.
―Lo entiendo, señora, pero antes quisiera disculparme, si en algún momento de mi llegada, la ofendí con mi actitud. Estoy acostumbrada a cuidar de personas mayores, y ellas tienden a conversar mucho, por lo que, por así decirlo, estoy malcriada.
Beth la miró por unos segundos y suspiró. No entendía por qué sentía rechazo hacia su nueva enfermera, y por lo poco que había pensado en eso, creía que se podía tratar a que llegó en un momento de mucha angustia, como fue el despertar luego del sueño, y por eso, la relacionaba con algo malo.
«Esta mujer no tiene la culpa de mis sueños, ni de la locura que he vivido desde que llegué a este país», pensó, y decidió ser más amable.
―No te preocupes, Hannah. Estoy acostumbrada a Becca, y ella es demasiado seria en su trabajo.
―Lo he podido notar ―concordó la mujer en tono sarcástico, haciendo a Beth reír, y ella la acompañó.
―Siéntate, por favor ―pidió Beth, señalándole el sillón que Christopher acostumbraba a ocupar―. Ya que trabajarás aquí, cuéntame algo de ti, no sé… ¿Estás casada?
―No, señora. Uno de los requisitos que el señor exigió, era no tener compromisos.
―Ya veo ―comentó Beth, sin saber qué más preguntar. No era chismosa por naturaleza, y poco interés tenía en indagar en la vida privada de su nueva enfermera.
―Pero estuve enamorada una vez ―continuó Hannah―. Era un hombre magnífico, con mucho dinero y poder. Estaba deslumbrada con su vida, su masculinidad, su belleza, su forma de hacer el amor… Era todo un dios del sexo. ―Beth desvió la mirada, abochornada. Una cosa era hablar de eso con Sussana, Eva, e incluso Emma ­­―y aun así no era tan suelta en el tema―, y otra muy diferente con una completa extraña―. Era el hombre que cualquier mujer soñaría. Era perfecto, y era todo mío.
Hannah hablaba con tono soñador, zalamero; y su mirada dirigida al techo, reflejaba un amor infinito, y mucho de obsesión. Beth imaginó que esa historia no había tenido un final feliz, al menos para ella, por lo que no pudo evitar preguntar qué había pasado con él.
Hannah bajó la cabeza para posar los ojos sobre ella, y su mirada cambió al instante, tornándose dura, y demostrando amargura, ira y resentimiento. Por un momento, Beth sintió que todos esos sentimientos iban dirigidos a ella, como si se tratara del objeto de su desgracia, como si la acusara de haberle causado mucho daño, y quisiera hacerle pagar por todo eso. El odio que percibió fue tal, que un estremecimiento la recorrió. Hannah guardó silencio por unos segundos, para luego, hablar con una voz tan fría, que Beth sintió que le calaba hasta los huesos.
―Una mujer lo apartó de mi lado, y otra se adueñó de él. Pero él me ama, y no pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ser mío… como debe ser.
El terror que Beth experimentó en ese momento, la hizo abrazar a Naomi, y desear tener a Christopher a su lado. Sintió unas ganas terribles de llorar, y no entendía por qué, pues la rabia de la mujer, y la amenaza implícita en sus palabras, no iban dirigidas a ella, e incluso, podían ser las palabras de una mujer despechada; sin embargo, sabía que no podía aguantar más, y tratando de contener las lágrimas y el nudo en su garganta, habló.
―Lo…Lo lamento, Hannah, pero no me siento bien.
―Yo soy su enfermera. Dígame qué siente.
Beth negó con la cabeza, y se obligó a tragar para poder seguir hablando.
―Solo es fatiga, nada más. Si…Si te necesito te llamo.
La mujer asintió, y le brindó una sonrisa antes de retirarse. Una vez se cerró la puerta, las lágrimas corrieron libremente por su rostro. Su cuerpo comenzó a convulsionar, a merced de los fuertes sollozos; y los maullidos desesperados de Naomi, que sentía su dolor como propio, conseguían ponerla peor. Se sentía aterrada, aunque el temor que sentía por su seguridad, por la de su hijo, e incluso por la de Christopher, no era normal.
En el fondo de su alma, sentía el llanto, el dolor, y el miedo de una niña. Era ella misma, solo que viviendo en otro tiempo. Era aquella niña, que en su inocencia y bondad, no supo nunca cómo luchar contra quien tanto daño le hizo. Y a pesar de que sabía que su enfermera no era su enemiga, el odio reflejado en sus ojos aterró a la niña, y conmocionó a la mujer. No era Elizabeth Stone la que lloraba, era Erzsébet reviviendo los peores momentos de su vida; la primera necesitaba a Christopher, la segunda a Kopján.
Beth extendió la mano y tomó el celular. Sabía que no debía interrumpirlo en su trabajo, pero necesitaba sentir su voz, saber que estaba bien, que seguía siendo suyo. Apretó el número de marcado rápido que tenía asignado para él, y esperó.
―Hola, preciosa. Ya te extra… ―Un sollozo lo interrumpió―. ¡Elizabeth! ¿Qué sucede? ¡Por Dios! ¿Qué tienes? ¿Es el bebé?
Beth no podía responder. Se ahogaba en su propio llanto, y nada salía de sus labios. Christopher comenzó a gritar, desesperado, llamando a Eva, y rogándole que le explicara qué sucedía.
―Él está bien…Te… necesito ―dijo, antes de volver a sumirse en el afanoso llanto.
―Ya voy para allá, mi amor. Ya voy… Ya voy ―repetía una y otra vez. Beth escuchó cómo le decía a Eva que se iba, y a ella también desesperada, por no entender qué sucedía―. Ya voy, mi nena, ya voy. Pero ¿tú estás bien?
En un momento de lucidez, Beth recordó la reunión de la que Christopher había hablado, y se dio cuenta que al ser su ataque de pánico injustificado, en apariencia para ella, él no debía dejar su trabajo solo por ir a consolarla.
―No ―pidió tratando de calmarse―. Tu reunión.
―¡A la mierda la reunión! Elizabeth, por favor, dime qué tienes ―sollozó él, y dio a alguien la orden de llevarlo a Gillemot Hall―. ¿Dónde están todos? ¿Dónde está Hannah?
―¡No! ―gritó Beth, sintiendo que el miedo la atenazaba de nuevo―. Ella no, por favor. No quiero a nadie aquí.
―Ya voy en camino, Elizabeth. ¡Acelera! ¡Maldita sea!
El intenso llanto hizo que Beth sintiera ganas de vomitar, y antes de poder bajarse de la cama, devolvió su escaso contenido estomacal en el suelo. Christopher la escuchó y su desesperación aumentó. Estaba enloquecido, su llanto y sus gritos así lo demostraban.
―Llama a alguien, por favor. Necesito que alguien esté contigo.
Beth negó con la cabeza, olvidando que él no la podía ver, al tiempo que se limpiaba la boca, y tomaba agua del vaso en su mesita de noche. Sabía que tenía que calmarse, no solo por su bien o el de Christopher, sino por el de su bebé. Una mujer embarazada, no podía experimentar ese tipo de emociones, y ella era consciente de eso, pero cuando intentaba hacerlo, escuchaba la voz de Christopher y su llanto aumentaba.
―Voy a cortar. Solo no hables con nadie. No te quiero cerca de nadie.
«No te quiero cerca de ella», era lo que quería decir en realidad, solo que no tenía un justificativo para explicarle a él, ni a sí misma, que no quería que se vieran ni que se hablaran. Deseaba a su marido lo más lejos posible de esa mujer, y el pensar en que ellos dos no debían coincidir, debido a los horarios, fue lo único que logró apaciguarla un poco.
―Elizabeth, ¿qué tienes?
―Solo entra directamente a la habitación, por favor ―pidió, respirando profundamente para calmarse―. Mi salud está bien, solo te necesito a ti.
―Ya voy, mi amor. No demoro, te lo prometo.
―Dime que me amas.
―Te amo, Elizabeth. Eres mi vida, siempre ―declaró Christopher entre lágrimas.
―Te amo ―sollozó, cortó la llamada y apagó el celular.
Tomó a Naomi en brazos, y la abrazó para tratar de calmarse.
No entendía por qué se estaba comportando de manera absurda, por una simple historia que su nueva enfermera le había contado. No tenía por qué estar en ese estado, y más sabiendo que ponía en alto riesgo a su bebé. Posó una mano sobre su vientre y lo acarició, repitiéndose una y otra vez, que debía hacerlo por él, no podía exponerlo tanto. Sintió el bebé removerse en su interior, y supo que él también sentía su angustia.
―Yo te protegeré, cariño. Tu padre y yo te protegeremos de todo. ―Las palabras salieron de su boca sin darse cuenta, y notó que la promesa, aunque cierta, no tenía sentido alguno en ese momento.
Hannah no implicaba un riesgo para su hijo, quizás alguna pequeña negligencia en su desempeño como enfermera, nada más; y su resentimiento no tenía que ver con ella o su familia.
«De igual forma, no la quiero cerca de mi marido».
No quería ser injusta con la mujer, ya se acostumbraría a ella; sin embargo, estaba segura que nunca sería de su entera confianza, y eso era algo que creía imposible de cambiar.
Si Elizabeth Stone supiera que, los sentimientos que la embargaban no eran producto de su presente, sino de su pasado, del pasado de su alma, encontraría lógica a todas sus reacciones.
Se recostó en la cama, y continuó llorando, en menor intensidad, por largo rato, pensando siempre en su bebé.
«Tengo que hacerlo por ti… Tengo que hacerlo por ti», repetía como un mantra, que hizo menguar sus espasmos.
Trataba de mantener la mente en blanco, pero el sueño llegaba a ella una y otra vez, y la risa, esa risa espeluznante, no dejaba de escucharla, como si se produjera en la misma habitación. De pronto, unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Guardó silencio, hasta que escuchó la voz de Lissa llamándola.
―Señora, por favor, ábrame. El señor llamó y está como loco. Dice que viene para acá, que ya está cerca.
Pensó en contestarle que se encontraba bien, pero el pestillo de la puerta comenzó a girar.
―¡No entres! ―gritó, y al bajarse de la cama, recordó el vómito y lo esquivó. Se acercó a la puerta, y tomó el pestillo entre sus manos, aunque ya Lissa, siguiendo su orden, lo había dejado―. ¿Todavía está en la línea?
―Señora, ¿está llorando? ―preguntó la joven―. ¡Ay, señora! ¿Qué tiene? ¿Quiere que llame a Hannah?
―¡No! A ella no, Lissa, por favor.
―¿Le hizo algo? ¡Ábrame! ―rogó la chica, angustiada.
―No me ha hecho nada, pero no quiero ver a nadie ―anunció, limpiándose las mejillas―. ¿Él sigue ahí?
―Cortó la llamada luego de pedirme que viniera a verla ―explicó Lissa.
―Mejor. Quiero que hagas algo por mí.
―Lo que sea.
―¿Quién tomó la llamada?
―Carla. Me pasó el teléfono porque el señor estaba desesperado, y ella casi no le entendía y solo repetía su nombre.
Beth cerró los ojos, y se recriminó por haberlo llamado y hecho sufrir de ese modo, sin justificante alguno. Recordó entonces la decisión tomada unos momentos atrás.
―Lissa, por favor. Busca a Carla y dile que yo estoy bien, que Christopher solo se asustó, porque le dije que tengo dolor de…
―¿Estómago? ―propuso Lissa al notar la indecisión, y comprendiendo cuáles eran las intenciones de Elizabeth.
―Sí, estómago. Asegúrate que no diga nada a nadie, y espera a Christopher en la entrada de la propiedad, súbete en el auto con él, y dile que yo le pido que dé la vuelta a la mansión, y entre por la parte de atrás. No quiero que nadie sepa que llegó y, por favor, Lissa, que no hable con nadie.
―En especial con Hannah. Entendido, señora, enseguida voy a esperarlo. Pero… prométame que está bien.
Beth sonrió ante la suspicacia de Lissa, y le aseguró que no tenía de qué preocuparse, y que también se percatara de que nadie entrara al vestíbulo de la habitación. La joven se fue, y Beth se dirigió al baño, seguida por Naomi, que aún se encontraba nerviosa, donde otra ola de llanto la azotó con fuerza. Su comportamiento era totalmente irracional, cosa que su corazón y su alma no parecían entender.
Salió luego de varios minutos, con una toalla húmeda en la mano, y se arrodilló junto a la cama para limpiar el suelo, derramando nuevas lágrimas, que poco tenían que ver con el pánico anterior, pues era la culpa lo que ahora la azotaba; una culpa que no debía sentir, al solo ser una víctima del pasado y el presente convergiendo en su destino.
«Soy una completa idiota… Idiota no, una grandísima estúpida». Se encontraba tan inmersa en sus pensamientos recriminatorios, que no se dio cuenta de que alguien había entrado en la habitación, hasta que escuchó que Naomi maulló con algo más de emoción. Unos brazos la rodearon por la cintura, y un aliento cálido acarició su mejilla.
―Aquí estoy, mi amor. Ya estás segura entre mis brazos.






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4 comentarios:

  1. Aghhh definitivamente Hanna nunca me ha caído bien!!! ;) Me encanta este inicio, deja miles de preguntas... además ya quedo contenta que se quieren y se aman :D
    Besos gigantes linda, que regalo tan lindo de tu parte!!! :*
    XOXO

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    1. Tata!!! Muchas gracias por estar siempre presente, tus comentarios me componen el día, saber que cuento contigo es grandioso. Me alegra que te haya gustado. Besos y abrazos.

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  2. Me encanta esta historia de principio a fin te mantiene pegada línea a línea. Felicidades Martina deseando leer este emocionante final. Besos.
    Atte. Patricia Alvarez Jimenez

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    1. Hola, Patricia!!! Disculpa que hasta ahora te respondo. Muchas gracias por tus palabras, y sobre todo por eso comentarios en Amazon que me encantaron. Ya solo faltan 3 días para que lo puedas tener, y espero que te guste el final, tanto como los dos primeros libros. Besos, preciosa, y muchas gracias por estar aquí.

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Muchas gracias por tomarte el tiempo de dejar un comentario. Espero que te haya gustado la publicación, y que vuelvas pronto. Besos