12 de enero de 2017

Lee el primer capítulo de Naturaleza de una Posesión

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CAPÍTULO 1



Las bodas son un motivo común de celebración y alegría. Las novias sonríen, dichosas de estar unidas por fin al hombre que aman, y al que eligieron para el resto de sus vidas; sin embargo, Elizabeth Kremer no lograba encontrar esas sensaciones en su interior, y nadie se percataba de su desdicha.
Los invitados solo lograban ver a la hermosa novia, abrumada por la vida de lujos y riqueza que se presentaba ante ella, y que tal hecho no le permitía disfrutar por completo de la fiesta. Aunque no dudaban de que se encontraba muy enamorada, pues en toda la recepción no pudo apartar los ojos de su amado. Y así era. Lo que ellos no comprendían, era que Beth lo hacía para tratar de descifrar al hombre al que pertenecía, en el sentido estricto de la sociedad conyugal.
En contraste, Christopher sonreía todo el tiempo. En su rostro se podía observar el júbilo que su alma sentía, al poder proclamar por fin como suya, a la mujer por la que había esperado toda una vida sin siquiera saberlo. Él conversaba animadamente con los grupos de invitados que se acercaban a felicitarlo, y constantemente su cabeza giraba en dirección a ella; al ver que su mirada estaba sobre él, su gozo era mayor y su sonrisa así lo reflejaba. Lo que lo incitaba a acercarse a ella y recordarle sus sentimientos.
―Te amo, Elizabeth. Lo eres todo para mí, eres mi vida, mi aire, mi mundo.
»―Ya eres mía, mi amor. Ahora nadie podrá separarnos, puedes estar segura de eso.
»―Sé que estás agobiada por todo esto, pero pronto nos iremos y podremos estar solos por fin.
Beth lo seguía con la mirada, con un parpadeo como única respuesta a sus promesas. No tenía más que decir y tanto por saber, solo que no encontraba la forma de averiguarlo sin tener que experimentarlo, o sin preguntarle directamente a él. Algunas veces en su vida existieron incertidumbres, situaciones en las que no sabía cómo continuar, qué camino tomar o qué le esperaba al final de este… Nunca ese camino se había tornado tan oscuro e incierto como en esos momentos.
Christopher era un hombre que, como ella misma lo confirmó en reiteradas ocasiones, tenía un problema de personalidad, lo que lo convertía en alguien totalmente impredecible. Aun así, Eva, quien se encontraba al lado de la nueva señora Stone para mantener alejados a los invitados curiosos, intuía lo que su primo tenía planeado para el futuro, al igual que Beth; mas no tocaron el tema en ningún momento, por miedo a que sus palabras se hicieran realidad.
Algunas veces, Beth apartaba la vista de Christopher, para mirar a «las razones» por las que se encontraba vestida de blanco.
Daniel estaba reunido con Kendal y otros hombres jóvenes, conversando animadamente. Él la miraba de tanto en tanto, y en silencio le indicaba que estaba listo para sacarla de ahí cuando lo deseara; ella le sonreía para infundirle tranquilidad, esa que ella no poseía. Estaba orgullosa de él. Aunque apenas se encontraba en su primer año de estudios, ya se desempeñaba como todo un empresario. Se veía seguro de sí mismo, completamente acorde al ambiente de negocios que lo rodeaba. Para cualquiera que lo viera, le sería imposible imaginar que ese joven era un estudiante, originario de un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos, pues tenía el mismo aire triunfador de su amigo y jefe.
Su madre se encontraba junto a Sophia, charlando con algunas señoras que parecían aceptar con agrado la inclusión de una nueva integrante a sus grupos de sociedad. Ella no era mujer de ese tipo de compañía. Beth sabía que cuando joven, ella era más de reuniones en los balcones en casa de sus amigos, en acostarse en los parques a reír y comentar sobre todo lo que se les ocurriera en el momento; pero ahí estaba Amelia, ataviada con un elegante vestido gris plomo, que la hacía ver más hermosa de lo que ya era. La vio pasar suavemente la mano por su cabeza y eso la hizo sonreír, pues sabía que todavía le dolía el cuero cabelludo por el tocado usado durante la ceremonia.
Jason estaba con Jonathan y Joseph. Los tres habían hecho muy buena liga, y habían integrado a su futuro «padrastro oficial» en sus charlas. Se veía elegante con su esmoquin, solo su marcado acento americano lo diferenciaba de esos hombres que lo recibían con agrado gracias a sus acompañantes. Beth observó cómo constantemente giraba para mirar en una dirección, y ella siguiendo esa línea, sonrió al darse cuenta que el objeto de su atención no era otro que su madre. Lo vio guiñarle un ojo a la mujer, quien se mordió el labio cual adolescente en pleno noviazgo, y se dio la vuelta para darle la espalda con coquetería; Jason sonrió pícaramente, y girando para regresar a la conversación, ajustó disimuladamente el cinturón de su pantalón. Beth se sonrojó y soltó una risita. Sabía lo que ese movimiento significaba en un hombre, pues Daniel se lo había dicho, y ella agradeció que eso la pudiera alejar, así fuera por un momento, de sus cavilaciones.
Sussana estaba con Lara. «Tal para cual». En su grupo había hombres y mujeres jóvenes ―amigos de Lara, supuso―. Era el medio en el que siempre había querido estar, su sueño hecho realidad gracias a circunstancias que desconocía. La chica se había acercado a ella para estar a su lado como lo hacía Eva, solo que Beth no quería quitarle su momento de diversión y anhelos realizados que experimentaba esa noche. De nada serviría apartar a su amiga de lo que tanto deseaba vivir, solo para que le acompañase. «No». No valía la pena privarla de todo a lo que Lara la estaba introduciendo, si de igual forma no remediaba ni aliviaba su situación.
―Yo estoy bien, Sussana. Estoy feliz al poder verlos a todos ustedes felices. Ve con Lara y diviértete, solo estoy cansada. Los zapatos me están matando.
No los culpaba a ellos, al contrario; luego de conversar con Eva antes de la boda, de caminar por ese largo pasillo, y de haber pasado un día viendo cómo a su familia se le presentaba abierto ante sí, un mundo nuevo de posibilidades ―no solo por la riqueza que pudieran obtener, pues por el comportamiento de Christopher sabía que no les entregaría dinero directamente, sino mediante el sinfín de oportunidades que podían tener en un futuro planeado y deseado―, ella entendía que era lo mejor que podría darles. Hacer sacrificios por las personas a las que se ama, vale la pena sin importar las consecuencias. Si los invitados a la boda conocieran su situación, algunos la verían como una mujer frívola, capaz de cualquier cosa por riqueza y poder; y otros, como una estúpida que no piensa en sí misma sino en los demás, sin importarle lo que con ella suceda… No era alguna de las dos. El amor es un sentimiento que no se puede abrigar a medias. Como había dicho el sacerdote:
«―Para bien y para mal, en la prosperidad y la adversidad, en la salud y la enfermedad…», eran palabras que no solo se podían usar en el ámbito conyugal; la familia también entraba en esa incondicionalidad.
«¿Qué sentido tiene ser feliz si los que amas no lo son? ¿Se puede vivir en paz sabiendo que tus seres queridos lo hacen en agonía?».
Las respuestas a esas preguntas llegaron sin demora a su cabeza. Ellos valían el sacrificio, lo valían todo.

Esa mañana luego de la ceremonia, se realizó un almuerzo íntimo en el Hotel Mandarín Oriental en honor a la nueva pareja de esposos.
«Íntimo de cincuenta personas», pensó Beth frunciendo los labios.
Después de eso toda la familia se había retirado a las dos habitaciones que alquilaron, para descansar un poco y prepararse para la fiesta que se celebraría en horas de la noche.
―Al menos nos liberaremos de los tocados. Te juro que mi cabeza no lo soportaría un minuto más.
Le había comentado Sussana, mientras se colocaba su vestido de noche. Sin tocado.
En toda la tarde, Christopher estuvo revoloteando alrededor de Beth. La tocaba como le había dicho Daniel que solía hacer, solo que esta vez ella sí lo notaba. Le acariciaba el rostro, le tomaba la mano y se la besaba, o le robaba besos suaves y uno que otro más apasionado, obligándola a refugiarse en una de las alcobas alegando cansancio, por lo que él, resignado, la dejó tranquila.
Beth miró a su alrededor y suspiró. La elegancia del lugar era máxima, y aunque no lo había pedido, era lo que se le colocaba en bandeja de plata, «o de oro». El salón principal del hotel resaltaba más que todo por las enormes arañas doradas, las grandes ventanas enmarcadas por gruesas cortinas, elegantes columnas estilo romano; y para culminar con el toque perfecto, bellísimos arreglos florales se apreciaban por doquier, en tonos blancos y amarillos. Todo desbordaba lujo, distinción y opulencia.
Beth estaba vestida con su segundo traje de noche. Para la presentación de la pareja mantenía el vestido de novia sin el sobretodo de encaje, para así estar más cómoda; más tarde, se cambió a un vestido también blanco aunque de seda, con escote en V, de finos tirantes con incrustaciones de cristales Swarovski y de caída suelta, sin dejar de marcar su silueta; con una abertura coronada por un hermoso broche con los mismos cristales en forma de rosa, que iba desde la rodilla hasta los tobillos. El vestido era sencillo y elegante al mismo tiempo, y según le había dicho Christopher, parecía un ángel tentador que atormentaba su alma y enardecía su cuerpo.
―¿Cómo te sientes?
Beth apartó los recuerdos de esa mañana y giró para mirar a Eva, quien mantenía una expresión preocupada en el rostro.
―Eva, tranquila, no voy a salir corriendo. Ya no.
La mujer sonrió tristemente a su amiga, y con la mirada volvió a pedirle perdón.
―No me mires de esa forma, que nada de esto es tu culpa ―dijo Beth, colocando una mano en el brazo de Eva, acariciando la zona para reconfortarla―. No tienes que sentirte mal por algo en lo que nada tienes que ver.
―Tengo todo que ver, Beth. Ayudé a Christopher a retenerte en el país, estuve junto a él en cada paso que daba, y aunque no sabía los últimos planes que tenía, debí preverlos y advertirte.
―Él es tu primo y yo una completa desconocida. Es normal que actuaras de esa forma. Yo habría hecho lo mismo si se tratara de Daniel. ¡Y ya deja el drama, Eva!, que bastante tengo con mi angustia como para tener que sumar la tuya. No sé lo que me depara el destino, y mucho menos sé si podré soportarlo, y eso me preocupa y me asusta.
―Tienes razón, no debo agobiarte más de lo que ya debes estar, pero, haciendo acopio de mi deber alentándote a continuar, te digo que «es una necia debilidad afirmar que no puedes aguantar aquello que te tiene reservado el destino».
Beth se la quedó mirando y arqueó una ceja con ironía; no por la frase sino por su procedencia.
―¡Hey! El que me gusten los tacones altos y el maquillaje no implica que no pueda seguir los consejos de Helen Burns.
Beth rio y fue acompañada por su amiga.
―Siempre podrás contar conmigo, Beth, ten eso presente ―dijo Eva tornándose más seria, mirándola fijamente a los ojos para reafirmar sus palabras.
―Lo sé y te lo agradezco, no sabes cuánto.
La hora de despedirse estaba llegando. Christopher se veía impaciente y así se lo hizo saber.
―Vámonos ya, mi amor, quiero llegar lo antes posible a Gillemot Hall.
―¿Gillemot Hall?
Christopher rodó los ojos para enseguida sonreír alegremente.
―Nena, es la casa de campo a donde iremos, ya te lo he dicho varias veces.
―Christopher, hay muchas cosas que no me has dicho, y temo que las descubriré con la experiencia ―dijo Beth entre dientes.
―Tranquila, mi nena, no tienes nada que temer mientras estés a mi lado ―afirmó Christopher acariciando su mejilla―. Voy a avisar a la familia que nos retiramos.
―Christopher ―llamó Beth antes de que él continuara su camino―. ¿Cuándo volveré a verlos? ¿Cuándo podré salir de allá y ver de nuevo a Eva y a los demás?
Christopher se inclinó, y aferrándola con suavidad por la nuca, la besó dulcemente por unos segundos.
―Elizabeth, no serás prisionera en esa casa, serás la señora, la dueña. No quieres que nos vayamos de luna de miel a ningún otro sitio y lo entiendo, pero podrás hacer lo que desees. Gillemot Hall solo está a una hora y media de la ciudad. Puedes ir y venir cuando quieras, y tu familia siempre será bienvenida. Solo que como una pareja de recién casados necesitamos privacidad unos días. Ten pendiente que tú eres mi esposa, no mi rehén.
Christopher dio media vuelta y se alejó.
«Esposa infeliz con guardaespaldas permanentes, es igual a prisionera».
Cuando Beth se despidió de su familia no lloró. Ellos partirían un par de días después, aunque ella no los vería. Todos entendían que la feliz pareja no deseaba intromisión alguna en sus primeros días de casados.
La despedida con la familia fue en la intimidad, mientras Beth se cambiaba nuevamente de vestido por otro más cómodo, uno color azul cielo, cuello redondo y sin mangas; hasta el inicio de las rodillas, con zapatos más bajos y su cabello totalmente suelto.
―Tu padre estaría…
Amelia rio con lágrimas en los ojos, al no saber cómo terminar la frase.
―Estaría como Jason, o incluso peor ―completó Beth con una sonrisa.
La mujer asintió riendo y giró la cabeza hacia el hombre; tenía expresión de preocupación e inconformidad, y no apartaba la mirada de la chica. Su hijo hacía lo mismo.
―Es mejor que te despidas rápido de Jason, porque parece que quiere secuestrarte.
Beth lo miró y sonrió tiernamente. Ese hombre significaba mucho para ella; aunque ni después de recordarle que Daniel quedaba ahí para cuidarla, él se sintió tranquilo.
―Elizabeth, todavía tenemos tiempo ―dijo Daniel abrazándola con fuerza―, no quiero que te vayas con él. Ya bastante tengo con saber que es tu marido, como para soportar que pases toda la vida a su lado.
―Daniel, no es mi marido, al menos no todavía ―aseguró Beth, y agradeció poder controlar el estremecimiento que la sola idea le provocaba.
―Mejor entonces, así no tendrás que pasar tan pronto por eso. Eres solo una niña y deberías estar estudiando y no…
Daniel sí se estremeció, y cerró los ojos para alejar la idea de su mente. El solo pensar en su hermanita follando con ese hombre o con cualquier otro, lo volvía loco. Sabía que ella lo haría alguna vez, pero para un hermano siempre era saludable mentalmente pensar que sería después de los veinte, o veinticinco… o nunca.
―No soy una niña. En unos días cumpliré diecinueve años, y creo que para tu mente es más fácil procesarlo porque ya estoy casada. No hay pecado alguno si te vas por el VI mandamiento.
Daniel suspiró y la besó en la frente.
―Estaré a una llamada de distancia. Elizabeth, no sé dónde queda ese lugar al que van, pero Kendal me lo dirá, y yo no tardaré en llegar para partirle la cara a ese imbécil que se ha robado a mi niña.
Beth soltó una risita por el ceño fruncido de Daniel. A pesar de las circunstancias era gracioso verlo en el papel de hermano celoso y sobreprotector. A ella le encantaba, era el hermano que siempre deseó, y desempeñaba muy bien el papel, aunque para él fuera un tema bastante serio.
Se empinó y lo besó en la mejilla.
―Te quiero, no lo dudes nunca.
―Yo también te quiero.
Se abrazaron de nuevo y Beth se dispuso a despedirse de su amiga.
―Sussa, me vas a hacer falta cuando viajes a Hungría ―dijo Beth abrazándola.
―No te preocupes, Beth. Hablé con Christopher y me dijo que le avisara cuando ya estuviera instalada y con algo de tiempo libre, para enviarte conmigo a pasar unos días, o que incluso podrían ir los dos. Me contó que su bisabuela era húngara y desearía visitar ese país, porque hasta el momento no había tenido el tiempo suficiente para hacerlo.
Beth se reconfortó ante esa información. Si había algo que Christopher no hacía era mentir sobre ese tipo de cosas, y así fuera con toda una legión de guardaespaldas, ella estaría feliz de poder ver a su amiga antes de que pasara mucho tiempo.
Se despidió entonces de los demás. Jonathan le dijo que estaba complacido de tenerla en la familia; Joseph, a pesar de ser un hombre algo distante, la abrazó y le deseó que fuera muy feliz; Alex le pellizcó una mejilla, le pidió que no abandonara a ese «viejo encantador» y le dio un beso en la frente, prometiéndole que si el «imbécil» de su esposo se portaba mal con ella, él le enseñaría al estilo antiguo cómo se trataba a una mujer; Sophia la abrazó entre lágrimas, diciéndole que su hijo no habría podido encontrar una mejor mujer como esposa; Lara le dijo lo mismo, y que cuando pudiera liberarse de las garras de su hermano, estaría encantada de salir con ella a conversar y pasar el rato; y Kendal…
―Te acercas a ella y termino de desfigurarte la cara.
Fue la advertencia que Christopher lanzó a su primo. A él no le importó e hizo el intento de abrazarla, pero Sophia lo detuvo y le dijo que no quería presenciar más discusiones, por lo que resignado, se limitó a guiñarle un ojo a la chica acompañado de una sonrisa coqueta. Beth soltó una risita divertida. Sabía que Kendal no lo hacía porque estuviera interesado en ella, sino por fastidiar a su primo, solo que Christopher no lo veía así, por lo que abrazó a su esposa y la apartó de lo que él consideraba una gran amenaza.
La despedida de los invitados fue un asunto monótono y técnico. Beth solo conocía a algunos empresarios que había visto en reuniones en StoneWorld, y Christopher estaba tan ansioso por irse, que no le importaba de quién se despedía ni de qué forma lo hacía.

El trayecto a Gillemot Hall no fue fácil para Beth, a pesar de que era poco más de una hora en auto.
Christopher manejaba despacio por pedido de ella, quien deseaba prolongar lo más posible el tiempo de llegada; tiempo que él aprovechaba para acariciarle la mano, la mejilla o el cabello. Beth no deseaba hablar con él. Su mente se hallaba concentrada en lo que más la preocupaba: su duda sobre qué sucedería esa noche.
Enfocó su mirada en el paisaje a su alrededor. Una vez las edificaciones de la ciudad quedaron atrás, grandes campos comenzaron a extenderse por doquier, hasta donde los rayos de la luna, que ya estaba en su camino a posicionarse en lo alto del cielo, permitía observar. Por momentos atravesaban grupos de casas que parecían más rurales a medida que avanzaba, con lucecitas que salían de los pórticos y de las ventanas.
«Esas personas son pobres y aun así son felices. Yo antes era así», pensó con desdicha.
Una que otra vez Beth distinguía casas lujosas algo retiradas del camino, iluminadas por una gran fila de luces que las hacía ver majestuosas en medio del juego de sombras. Por momentos, a la distancia lograba observar algunas que se hallaban tan lejos, y con tantos árboles en medio, que no alcanzaba a distinguir si eran mansiones o pequeñas poblaciones.
―¿En qué piensas, mi niña?
La voz de Christopher la sacó del ensueño en que el paisaje casi escondido en la penumbra la mantenía. Giró su cabeza para mirarlo y lo encontró con el ceño fruncido.
»―Hay algo que te tiene inconforme y en estos momentos desearía poder leer tu mente, porque te juro que me volveré loco si no me lo dices ahora mismo.
Beth se lo quedó mirando sin saber qué responder.
«¿En realidad no sabe qué sucede? ¿Es broma?».
Comprobó una vez más que Christopher no podría volverse loco con su silencio, porque ya lo estaba. Él casi había llorado frente al altar, mientras que ella no había sonreído ni una sola vez, y aun así no sabía lo que sucedía. Ciertamente eso era lo que más atemorizaba a su corazón y a su mente.
Christopher vivía en su propio mundo, creía que todo a su alrededor lo merecía y aún más, aseguraba que todo lo que hacía estaba bien y que nadie podría decirle lo contrario, y toda esa falsa conciencia podía convertirlo en un hombre peligroso. Aunque ya lo era, y ella lo había comprobado con el solo hecho de estar ahí en ese momento. Christopher era capaz de cualquier cosa con tal de obtener lo que deseaba, y el imaginar que todo el mundo estaba dispuesto a complacerlo en todo momento, lo volvía una persona impredecible y temible.
Se limitó a negar con la cabeza, bufar y mirar de nuevo por la ventana sin pronunciar palabra, esperando que Christopher entendiera que no deseaba hablar con él.
Como era costumbre, él no lo captó.
―Si es por la luna de miel te dije que podíamos ir a donde desearas, y me respondiste que no querías alejarte de Londres; pero si has cambiado de opinión, podemos tomar un vuelo mañana mismo. Solo dime qué país o países quieres visitar y para mañana a esta hora estaremos allá.
Beth suspiró, cerró los ojos y permaneció en silencio.
―¿Es la casa de campo? Pensé que te gustaba la zona rural porque vienes de un lugar parecido; aunque Gillemot Hall puede ser más rural de lo que estás acostumbrada. Si quieres podemos regresar a Londres y pasar la noche en mi piso, y mañana viajamos a Cambridge o a Brighton que son ciudades que no están lejos, así…
Christopher hablaba rápidamente y cada vez más desesperado. Beth sabía que en cualquier momento perdería el control, detendría el auto y la tomaría en sus brazos para sacarle la verdad por medio de besos angustiados y abrazos asfixiantes. Lo mejor era que dijera algo, lo que fuese; después de todo si le decía la verdad ―verdad que él ya sabía y no asimilaba por alguna extraña razón que ella desconocía, y que enloquecía por descifrar―, sería inútil o incluso podría resultar contraproducente para su seguridad y estabilidad mental, y ya con un loco era más que suficiente.
―Christopher, no quiero viajar a otro lugar, y sí, me gusta el campo. Me gusta mucho.
Christopher se agarró el cabello y tiró de él con expresión frustrada en el rostro.
―¡Entonces dime qué es lo que te sucede! Has estado distante toda la fiesta. Entiendo que no te gustan ese tipo de eventos, y al no conocer a nadie te sentías cohibida; el problema es que ni siquiera a mí te acercabas. Mantuviste todo el tiempo a Eva a tu lado porque sabías que ella me ahuyentaba, pero por mucho que he tratado de adivinar qué diablos te ocurre, no he podido dar con la respuesta.
Beth negó con la cabeza. Había tenido esa conversación con él en reiteradas ocasiones y siempre había sido infructuosa, por lo que no deseaba desgastarse en una charla sin futuro ni lógica. No obstante, su mente le pedía una oportunidad, su instinto de supervivencia le exigía que hiciera un último intento de poder escapar de esa situación; o al menos, de mantenerse igual, librarse de cumplir con compromisos no deseados.
―Christopher, ¿sabes por qué me casé contigo? ―preguntó Beth con voz calmada.
De la respuesta dependían sus próximas palabras, y sobre todo, si esa conversación tenía algún sentido o no.
Él la miró con el ceño fruncido, confundido por la pregunta. No entendía de qué iba ni cuál era el fin de un cuestionamiento tan absurdo, al menos para él.
―No entiendo por qué me preguntas eso. Te casaste conmigo porque me amas. El punto ahora es por qué estás molesta.
«Solo una pregunta más, por si acaso reacciona».
―¿Y qué hay de mi familia? ¿Estarán bien si en un futuro yo decido… irme?
Con solo ver la expresión en el rostro de Christopher, Beth supo cuál era su respuesta. Estaba completamente desquiciado. Sus ojos se oscurecieron y sus labios formaron una línea recta.
―Sabes que todo depende de ti, Elizabeth. Tú serás mía siempre, y el amor que sientes por mí será duradero como el significado de la palabra misma.
«Sí, es caso perdido».
―No es nada ―respondió Beth en un suspiro, y giró para volver a mirar por la ventana del auto―, solo estoy cansada y abrumada. No estoy acostumbrada a todo esto.
Christopher sonrió comprensivamente.
―Tranquila, mi amor, yo también estoy abrumado, no puedo creer que por fin seas mía, bueno…
Beth lo miró al percibir el cambio de tono en su voz. Se había vuelto sugerente, insinuante, «desagradable».
―…al menos, ante los ojos de Dios y de la ley… nada más.
Ella giró la cabeza rápidamente y se concentró en el panorama del otro lado de la ventana, sintiendo un estremecimiento recorrer todo su cuerpo. Solo esperaba que esa nueva amenaza que Christopher le había hecho implícitamente en sus palabras, no se cumpliera esa misma noche. Necesitaba tiempo. Mucho más.
Minutos después, Beth no podía creer lo que sus ojos veían.
«¡Dios! ¿Acaso eso es un…?».
―¿Te gusta, preciosa? ―preguntó Christopher con una sonrisa tímida, al notar la expresión sorprendida en el rostro de la chica.
Beth cerró la boca al darse cuenta de que la tenía abierta. Sabía que Christopher percibía la realidad de forma diferente a los demás, solo que eso era demasiado.
―Christopher, me dijiste que era una casa de campo, ¡y esto es un castillo!
―Vamos, nena, no seas exagerada. Es cierto que su arquitectura fue pensada en ese ambiente, pero no es para llamarlo así.
Frente a ella se elevaba una majestuosa edificación antigua que, como bien había dicho, parecía más un castillo victoriano que una casa de campo, y ciertamente lo era. Con una fachada capaz de impresionar a cualquier noble, Gillemot Hall era una finca victoriana con estilo neogótico, construida con piedra de Bath, que contaba con grandes torres y techos rojos intrincados. Decenas de pequeñas ventanas recorrían la fachada de lado a lado, con elaborados diseños en tonos grises y paredes en color mostaza. En el frente, una ancha y corta escalinata llevaba a una gran puerta de madera antigua, enmarcada por un arco terminado en punta que completaba la grandiosa exhibición.
Beth no había terminado de admirar su nueva residencia, cuando las palabras de Christopher llamaron su atención.
―Entremos, es tarde y no quiero que… ¡Oh, mira! Ahí vienen un par de amigos a saludarte.
Beth giró su cabeza y vio a dos enormes galgos negros acercarse a ella con rapidez, ladrando a medida que avanzaban. Por instinto se colocó detrás de Christopher y lo aferró por la camisa.
―Tranquila, Elizabeth, ellos no te harán daño.
Christopher se agachó para acariciar a los canes, quienes emocionados comenzaron a lanzar lametazos a sus manos y rostro aún magullado, mientras que él, entre risas, trataba de esquivar las lenguas que lastimaban sus heridas.
Beth lo observó demostrando cariño a esos animales, y por un momento deseó poder amarlo.
«Si hubieses hecho las cosas de manera diferente, Christopher, quizás… solo quizás, yo te amaría ahora».
Christopher se puso de pie, y dando una orden a los canes para que se sentaran, se giró hacia su esposa, se limpió la mano con el pantalón y luego se la tendió.
―Si no te disgustan los perros puedes acariciarlos, ellos no te harán daño. Aman todo lo que yo amo.
Beth miró a los dos animales y les sonrió. La miraban con ojos expectantes y la lengua afuera. En sus ojos no había maldad o rabia alguna.
―Elizabeth, permíteme presentarte a Samuel y Leonard; Sam y Leo para efectos prácticos; los dos guardianes de esta casa y… dueños de todo lo demás.
Christopher rio y Beth lo imitó. Estiró las manos para acariciarlos y ellos, no pudiendo aguantar más sus instintos naturales, se volvieron locos en sus brazos. Beth reía a carcajadas mientras se la comían viva con cariñosos y juguetones lametazos, y sin saber en qué momento había sucedido, estaba arrodillada en el suelo jugando con esos dos nuevos amigos.
―¡Suficiente! ―ordenó Christopher con falsa seriedad y molestia―. Es mi esposa y no me gusta verla siendo besada y acariciada por dos machos como ustedes. ¡Vamos, fuera de aquí! Ya disfrutarán de ella después.
Beth se levantó del suelo, viendo cómo los perros se alejaban ladrando felices, y en silencio les agradeció el haberla distraído por un momento de sus máximos temores.
―Es tarde, y no te abrumaré con la presentación del personal de servicio. Mañana los conocerás a todos, y creo que estarás contenta de ver a Katy de nuevo. ―Beth lo miró y sonrió suavemente ante esa información. La mujer era de su agrado a pesar de conocerla muy poco―. Le pedí que viniera para que te atendiera, ella estará completamente a tu servicio.
La chica le agradeció con un asentimiento de cabeza. Prefería que fuera Eva quien estuviera a su lado, aunque una cara conocida era mejor que nada.
―¿Deseas comer algo?
Beth negó con la cabeza. Su respiración se entrecortó y su corazón se saltó un latido al sentir la mano de Christopher posarse sobre su espalda y con un suave movimiento atraerla a su cuerpo.
―Entremos ―susurró Christopher cerca de su oreja―, nuestra habitación nos espera.
Embargada por un gran temor, Beth jadeó, acción que Christopher malinterpretó, y sonrió al pensar que ella estaba deseosa de llegar por fin a la intimidad.
Aunque al entrar, Beth percibió que la estancia se encontraba tenuemente iluminada, no se preocupó por reparar en los detalles arquitectónicos ni de diseño de la que era su nueva casa. Frente a ella se mostraba un espacio alumbrado por apliques en las paredes, señalando el camino hacia unas amplias escaleras, que llevaron a su mente a un lugar que aún no conocía, y que solo faltaban unos minutos para que se encontrara en él.
Luego de subir las escaleras, Christopher la guio por una serie de pasillos, girando a la derecha e izquierda. El lugar era un completo laberinto, en el que cualquiera que no lo conociera a la perfección podría perderse.
«Me está llevando a su guarida. Ahí me devorará y yo no podré escapar».
La mente de Beth la atormentaba con imágenes de lo que podría suceder en unos minutos. Tenía miedo, y a cada paso que daba su corazón se aceleraba más y más. Sabía que cualquier mujer que la viera en esos momentos, y supiera lo que estaba sintiendo y pensando le gritaría, ¡estúpida! Pero ella estaría dispuesta a cambiar de lugar con todas las que podían llegar a envidiarla.
Christopher era un hombre muy guapo y sexy. En una ocasión incluso la había hecho llegar a su primer orgasmo con su boca, solo que esa vez fue diferente, pues él no la había obligado, y su familia no se encontraba amenazada. Para ella había sido solo un momento de pasión que él le había regalado y nada más; pero el ser obligada a contraer matrimonio, fuese con un hombre poco agraciado o con un dios griego, era algo espantoso en igual medida.
Ella tenía una vida planeada. Como cualquier chica de su edad sus estudios eran primordiales. Así Sussana pensara que era «lo más aburrido e insignificante del mundo», para ella las matemáticas eran lo suyo. No le interesaba ser pintora, ni escritora, ni doctora o ingeniera. «No», ella solo quería estudiar esa ciencia básica por muy corriente que pudiera parecer; sin embargo, ese hombre había aparecido en su vida, y echando por tierra todo cuanto deseaba, la hizo su esposa en contra de su voluntad, y se adueñó de ella.
«Te pueden regalar el paraíso, pero si con eso te arrebatan tu alma, solo verás ante ti la más absoluta desolación».
Beth, quien era amante de los libros en el papel de lectora aficionada, sabía que la libertad a través de los tiempos, era lo que había provocado guerras, muertes y grandes victorias. La libertad era algo por lo que miles de personas en todas las eras habían luchado, y esa libertad era lo que ella deseaba en esos momentos. Christopher le decía que era libre de hacer lo que deseara, lo cual no era cierto, pues estaría vigilada a toda hora, y él sabría cada paso que daba. Eso no era libertad.
Christopher se detuvo por fin, y sin aviso la alzó en brazos. Beth por instinto, se asió con ambas manos a su cuello, y al encontrarse con su mirada, observó el fuego que yacía en su interior. Ella era la novia, y así debía ingresar a la habitación, aunque no lo deseara.
No se había percatado de que él ya había abierto la puerta antes de cargarla, por lo que entraron sin problema y la cerró con un pie, para depositarla a ella en el suelo frente a la imponente habitación.
La alcoba nupcial había sido preparada para el gran momento. Aunque ella no reparó en los detalles, solo vio las velas colocadas en candelabros de mesa, y apliques de pared que daban al lugar un ambiente romántico a los ojos de una mujer enamorada y ansiosa; no obstante, para ella era un escenario lúgubre e intimidante.
Se giró hacia su derecha y ahí parecía burlarse de ella una enorme cama alta, con la cabecera de madera labrada con diseños intrincados, y vestida con sábanas de seda blanca. Ahí sucedería todo.
El sonido de la cerradura de la puerta al ser trabada la sacó de sus cavilaciones, justo a tiempo para sentir las manos de Christopher tomando su cintura suavemente. La estrechó contra su cuerpo y acercó su rostro al cuello de ella para olerla, y luego besarla justo debajo de su oreja.
―Christopher, por favor… ―suplicó Beth en un susurro.
―Te deseo tanto, Elizabeth.
Christopher continuó repartiendo besos por todo su cuello, al tiempo que la aferraba más fuerte entre sus brazos.
―Dame tiempo, por favor. Te pido tiempo para…
Sin esperar a que terminara la frase, la giró para que quedara frente a él, y así pudiera mirarlo a los ojos; ojos que no parecían suyos, porque el color azul que los caracterizaba, había cambiado a un gris oscuro, recordándole el momento en el que él le entregó el anillo.
―Eres mía, Elizabeth ―dijo él con intensidad―. He esperado demasiado tiempo por ti, por tenerte, y ahora que eres mi esposa, nada me detendrá para conseguir lo que deseo. A ti.
Antes de que ella pudiera responder, la besó. Beth comenzó a forcejear, sin lograr zafarse de su agarre, debido a que él era más fuerte.
Para evitar que escapara, Christopher la levantó en sus brazos y la llevó a la cama, liberando por fin su boca. Beth aprovechó el momento para tratar de hacerlo entrar en razón.
―¡Christopher, no, por favor! ―suplicó―. No me hagas esto. Así no, por favor.
Pero él no la escuchaba.
Christopher Stone se encontraba enloquecido. Sus manos recorrían de forma desesperada el cuerpo de la que ahora era su esposa, mientras su boca se apoderaba de cuanta piel expuesta podía encontrar. Los forcejeos de la chica de nada servían, él estaba sobre ella tratando de desprenderse de su ropa, enfocado solo en satisfacer su deseo, sin importarle la angustia de ella. Beth podía sentir su gran erección, y ese hecho la atemorizó aún más cuando él comenzó a frotar su ingle contra ella, imitando los movimientos que deseaba realizar desnudo.
―¡Christopher, no! ¡Auxilio, por favor! ¡Katy! ¡Katy, ayúdame!
Beth gritaba con desesperación. Tenía que impedir a como diera lugar que Christopher la tomara por la fuerza.
Recordando las heridas de su cara, levantó las manos como pudo y las apretó con su rostro. Christopher gimió de dolor y se apartó un poco de ella. En su rostro se mostraba la rabia y la incomprensión que sentía.
―¡¿Por qué, Elizabeth?! Eres mi esposa y me amas, ¡¿por qué?!
―¡Yo no te amo! Eso está en tu maldita cabeza, que ha creado un mundo perfecto sin importarte lo que siento realmente.
―¿Y qué es lo que sientes entonces?
―¡Desprecio! Eso es lo que siento. Te desprecio con todas mis fuerzas, y si no te detienes en este momento, te odiaré para siempre.
Christopher la miró por unos segundos con dolor y rabia contenida. Si bien Beth sabía que esas palabras dolían más que las heridas en su rostro, en ese instante era su seguridad lo único que tenía valor para ella.
En un rápido movimiento, él la tomó por las muñecas, y le alzó los brazos por encima de la cabeza.
―Ódiame lo que quieras, Elizabeth, pero lo desees o no, serás mía ahora mismo.
Él volvió a estrellar su boca contra la de ella, en un beso demandante y posesivo. La nueva posición en la que la joven se encontraba, no le permitía defenderse como antes. Luchó y se retorció mientras él la devoraba con su boca, al tiempo que su erección apretaba contra su sexo. Todo era en vano. Su única esperanza era cuando él intentara desvestirla y quitarse los pantalones, solo que al continuar sobre ella, el peso de su cuerpo le impidió moverse cuando él comenzó a rasgarle desesperadamente el vestido. Si bien ella intentó impedir que él retirara la prenda por los brazos, él forcejeó y volvió a tirar de la tela, que estaba hecha para bailar con ella y no para recibir ese trato, por lo que cedió con facilidad. Beth aprovechó el momento de distracción y empezó a gatear hacia el otro extremo de la cama, con tan mala suerte que ese movimiento ayudó a Christopher en su empresa.
En ropa interior y descalza, sin tener consciencia de en qué momento había perdido los zapatos, rodeó la cama y corrió hacia la puerta de la habitación. No le importaba si debía salir huyendo casi desnuda, no le importaba cuántos la vieran, lo único que pasaba por su mente era no ser abusada por Christopher en ese momento. Tomando la manija, trató de abrir la puerta, y pese a todos sus esfuerzos infructuosos, se descubrió acorralada y agotada ante el asecho de su marido, por lo que optó por arremeter contra la puerta con la poca energía que le quedaba. Golpeó con los puños cerrados, y alternó sus movimientos con golpes secos con las palmas de las manos. Todo lo que estuviera a su alcance para pedir auxilio, y con la esperanza de que si alguien la escuchaba, se compadeciera tanto de ella, que no le importara más la ira de su señor, que rescatarla de aquel inminente infierno prometido.
―¡Alguien que me ayude! ¡Por favor…! ¡Auxilio!
Su voz sonaba entrecortada, y fue cuando notó el sabor salado que llegaba a sus labios. Estaba llorando.
Christopher, mientras tanto, confiado en que nadie la oiría, se desprendió de su ropa por completo. Desnudo se acercó a Beth, y cargándola la llevó de nuevo a la cama entre patadas, golpes y gritos.
―¡Auxilio, Katy! ¡Suéltame, Christopher! ¡No! ¡Suéltame!
La ropa interior ofreció menos resistencia que su vestido, y antes de darse cuenta, estaba desnuda bajo el cuerpo del hombre.
―Te amo tanto, Elizabeth.
―No, por favor. ¡Auxilio, Katy!
―Tanto, mi amor, tanto…
―¡Christopher, no quiero! ¡No!
Gritos angustiados y palabras de amor eterno se escuchaban por toda la habitación. Lágrimas y besos se mezclaban en sus rostros. Golpes y caricias recorrían los cuerpos, cuyas pieles eran lo único que los mantenía separados…
Todo se detuvo cuando un grito agudo resonó en la estancia.
Christopher detuvo todos sus movimientos, y Beth apretó fuertemente los labios, mientras soportaba el intenso dolor que la embargaba.
Todo estaba hecho.
―No te muevas, mi amor. El dolor pasará, te lo prometo. Tranquila, ya pasará. Tranquila.
Lo que Christopher no sabía era que el mayor dolor de Beth no radicaba en su cuerpo, sino en su corazón. Él acababa de destruir el sueño que toda chica posee de tener una primera vez maravillosa, romántica, delicada, y sobre todo, deseada. El dolor que sentía en su entrepierna era nada comparado con el desgarre de su alma; ni la sangre que manchaba la sábana, comparada con la que derramaba su corazón herido. Acababa de ser sacrificada como un cordero, y todo por el bienestar de su familia… «Mi familia».
«―Elizabeth, no corras que te caerás… Te lo dije, muñeca…».
«―Beth, no me desordenes esos documentos».
«―Beth, no llores, aquí está papá para protegerte siempre, desde donde quiera que esté.
―¿Siempre, papi?
―Y para siempre, mi muñeca».
Su padre, que si la observaba desde algún lugar, debía estar sufriendo más que ella misma.
«Estoy bien, papá, estoy bien», se engañó a sí misma, tratando de lograrlo de igual forma con su padre.
«―Beth, ven a cenar que ya es tarde. Mañana sigues jugando».
«―No sé si pueda continuar, hija… él se fue, y lo necesito».
«―No me agrada el padre de Daniel, él es…
―¿Es qué, mamá?
―Es… ¡No me distraigas ahora que estoy ocupada!».
Amelia, que tanto había sufrido, y que por fin encontraba la felicidad de nuevo.
«―Hola, niña bonita, ¿trabajas en esta tienda?».
«―Tienes que sacar a tu madre de Pana, Elizabeth. Vengan a Chicago y mi padre les encontrará una casa».
«―Eres la hermanita que nunca tuve, y para tu información, te cansarás de mí muy pronto».
Daniel, si supiera por lo que ella estaba pasando, reventaría la puerta con sus propias manos.
«―¡Hola! Mi nombre es Sussana, ¿qué lees?».
«―Odio las matemáticas, si no fuera por tu paciencia reprobaría».
«―¡Por fin, Beth! Adiós instituto, y ¡hola mundo!».
Su intrépida amiga. Ella había llenado de luz cada día de su vida desde que la conoció.
«―¡Vaya! Qué princesita más linda, ¿de dónde la sacaste, Daniel?».
«―Beth… ¿tu madre estará en casa esta noche? Es que… quiero… quiero agradecerle por… por el cariño que le tiene a Daniel. ¡Sí!, eso».
«―Te prometo que nunca le haré daño a Amelia. Yo solo quiero hacerla feliz».
Y Jason, un hombre maravilloso que ella recibía en la familia con los brazos abiertos.
Beth comenzó a escuchar los gemidos de Christopher cerca de su oído. Él había empezado a moverse mucho antes de que ella se percatara de eso, porque su cerebro la había desprendido por completo de la realidad, procurando evitarle una experiencia por la que ninguna mujer desearía pasar.
Christopher embestía contra ella de forma apasionada, sin llegar a la brusquedad. Beth se encontraba ahí, acostada sobre su espalda, con él entre las piernas haciéndola suya, sin sentir otra cosa que desolación; hasta el dolor de la primera vez se había esfumado para dar paso a una sensación de invasión simple, sin algo que disfrutar o lamentar. Su mente estaba en shock, y aunque Christopher podía sentir el cuerpo de ella bajo el suyo, Elizabeth Kremer no estaba ahí, sino en lugares y tiempos en los que el apellido Stone significaba nada. Por momentos regresaba a la realidad, giraba su cabeza y miraba a Christopher, quien estaba embargado por el mayor placer que jamás pensó experimentar.
«Por favor, Madre mía, que termine rápido».
Y luego de esa pequeña oración, volvía a sumergirse en las aguas de un mundo en el que era feliz, tranquila y sobre todo, libre.
Las embestidas de Christopher se aceleraron, los jadeos se intensificaron, y lo que él tanto deseaba y ella esperaba, sucedió. Entre gemidos y gruñidos de placer, Christopher se corrió en su interior, marcándola por fin como suya, como tantas veces había soñado hacer. Descansó sobre el cuerpo de su esposa por un momento, y luego, con cuidado, se retiró de su interior y rodó para apartarse. Beth, guiada por sus instintos, se giró para quedar de lado, encogida en posición fetal. Sus lágrimas habían cesado hacía ya bastante rato, mientras que su corazón lloraba en silencio por la inocencia perdida, por la paz arrebatada, por la libertad cohibida.
Christopher había logrado su cometido; sin embargo, para Beth era solo el final de la peor experiencia de su vida, y en el fondo intuía que no sería la última vez.
«Pensaré en eso mañana», rememoró en su mente la típica frase de una mujer demasiado adelantada a su época; y así como para Scarlett, Tara era su vida, para ella lo era su familia, y si de algo estaba segura era que no le importaba pasar por eso una y mil veces más, con tal de que ellos estuvieran a salvo. Sonaba como una mártir, pero solo era amor verdadero. Para ella lo era.

Christopher se había quedado dormido con su amada en brazos. Luego de separarse de ella había pasado un brazo por su cintura, y atrayéndola a su cuerpo, le había susurrado las buenas noches más un «te amo», cayendo en la inconsciencia; solo que algo estaba perturbando su sueño.
Escuchó un sollozo ahogado que lo trajo de vuelta a la realidad. Rayos de sol entraban por entre los pliegues de las cortinas de una gran puertaventana, ubicada a un costado de la habitación. Parpadeó varias veces para aclarar la vista y averiguar de dónde provenía el llanto que escuchaba.
Una silueta tomó forma a un lado de la cama. Era una figura femenina, desnuda, de pie a su lado y que sostenía algo en lo alto. Su mirada automáticamente se enfocó en lo que su esposa mantenía suspendido sobre él; un objeto que reconoció como perteneciente a una colección privada heredada de su abuelo, que mantenía en una caja sin cerradura con tapa de cristal en su escritorio, justo al lado de la puertaventana: una daga del siglo XIV perteneciente al llamado Príncipe Negro, y que apuntaba directamente a su corazón.
Christopher la vio llorando y su corazón se rompió por su sufrimiento. Vivía para prodigarle felicidad, no para causarle tristeza, y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de verla sonreír. No quiso cerrar los ojos, pues deseaba que lo último que viera en el mundo fuera a su hermosa y adorada Elizabeth.
―Qué muerte tan hermosa si es de tu mano, mi amor.
Un fuerte sollozo escapó de los labios de ella, y él vio sus brazos descender.
«Te amo, Elizabeth…».







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