26 de noviembre de 2016

Lee los primeros capítulos de Naturaleza de una Obsesión

Prólogo 
Capítulo 1 
Capítulo 2

PRÓLOGO



Montes Cárpatos, Eurasia, 885 d.C.
Su hermoso cabello rubio ondeaba al viento, como un estandarte orgulloso que se alza luego de una irreprochable victoria. Sus brazos, como serpientes de seda bajo el agua, realizaban movimientos precisos y armónicos. Sus caderas, perfectas para la procreación, se bamboleaban como jugosos duraznos parcialmente cubiertos por las hojas de un árbol, que se mece con gracia divina.
Él no podía apartar los ojos de su cuerpo, de su sensualidad agobiante y enriquecedora. Ella bailaba para él, aunque parecía no ser consciente de ello. Sabía que no debía estar ahí, y aun así, no pudo hacer más que detenerse a mirar cuando escuchó la hipnotizante música que provenía del claro del bosque. Tenía entendido que las mujeres se reunían para hacer ofrendas a los ancestros, y alejarse un momento de las obligaciones del hogar, pero nunca antes había presenciado esos rituales.
Sentadas alrededor de una gran fogata ubicada en un pequeño claro, protegido por árboles frondosos y espesa maleza, se encontraban las mujeres de la tribu. Las más viejas cantaban al compás de los tambores que tocaban las de edad media, y las más jóvenes danzaban alrededor del fuego con movimientos ondulantes e individuales, que evocaban épocas lejanas, espíritus de ancestros y ritos perdidos en el tiempo. Las danzarinas se hallaban escasas de ropa en comparación con su vestimenta habitual, por lo que solo una fina tela, amarrada a la cintura con cuerdas de fibra de lino, cubría sus cuerpos. Llevaban el cabello suelto y los pies descalzos, y sus rostros estaban pintados con líneas que se entrecruzaban formando figuras abstractas y símbolos Rovás.
Kopján, hijo menor de Kond, uno de los siete líderes tribales húngaros, era un hombre alto para sus dieciocho años; piel bronceada, y cabellos lizos y negros como la más oscura noche; de ojos grises rasgados, mandíbula cuadrada, pómulos altos y labios finos. Ya había superado las pruebas que lo llevaban a la adultez, y en unas semanas iría a batalla con su padre, su hermano y los hombres de la tribu, como dictaba la tradición. Ahí podría portar con orgullo los colores de guerra de su clan y pertenecer al ejército de los descendientes de El Azote de Dios, temidos por sus enemigos a causa de la habilidad que tenían de acertar mortalmente con flechas, desde las monturas de sus caballos a todo galope.
El muchacho continuaba observando, mientras la música que fluía de los tambores, se tornaba cada vez más frenética, y las mujeres agilizaban los movimientos, danzando y brincando al ritmo de las llamas que adoraban. Los golpes de tambores se hicieron más y más rápidos hasta convertirse en un zumbido, y los cuerpos femeninos, casi unos borrones de sensualidad. Cuando los sonidos alcanzaron su clímax, todo se detuvo. Los tambores cesaron y las mujeres detuvieron sus movimientos. La rubia cayó de rodillas, respirando aceleradamente; su cabeza agachada y su cabello cubriéndole el rostro, su cuerpo en dirección al joven guerrero. De repente ella levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Tenía los ojos de un azul pálido y era la cosa más hermosa que él había visto en toda su vida.
Ella le sonrió. Él supo que había perdido su alma.
Sensualidad…
Sexualidad…
Pasión…
Lujuria…
Desenfreno…
Había perdido completamente su voluntad, sus intereses, sus ambiciones y sus sueños de guerra y poder. El cuerpo de ella lo era todo: lo tocaba y perdía la noción del tiempo y del espacio. No le importaba nada, solo poseerla, estrecharla entre sus brazos y saber que era solo suya.
Era la primera mujer con la que estaba íntimamente. Desde niño había soñado con ser como su padre, un gran guerrero que combatía al lado del príncipe Almos; esa había sido su meta. Todo se había eclipsado por la belleza rubia que calentaba su lecho.
―Únete a mí, Sarolta. Deseo que lleves mi nombre y portes mi insignia. ―Tomó su mano y la apretó delicadamente contra su fuerte y musculoso pecho―. Quiero que todos sepan que me perteneces, que eres mía. Únete a mí y te daré todo lo que me pidas y más.

Imara, madre de Kopján, notaba cómo su hijo menor era devorado por algo que ella aún no lograba descubrir. Creía que era una mujer e imaginaba cuál podría ser, y cuando preguntó al muchacho qué sucedía, este le respondió que todo estaba bien y que no se preocupara, que solo eran las ansias de la batalla. No contenta con las palabras de su hijo, la mujer, antes de unirse a su marido en el lecho, oró al Turul (una gran ave mensajera entre los dioses y los humanos), para que esta le diera alguna señal de si la unión de esa pareja era lo mejor.
A la mañana siguiente Imara se despertó angustiada. El Turul se había manifestado en un sueño revelador.
―Sarolta será la perdición para tu hijo. Su corazón será partido en dos, y su sangre derramada se convertirá en las lágrimas de su alma.
Y sentada en el lecho, con lágrimas corriendo por sus mejillas, miró hacia su regazo y descubrió una gran pluma plateada, muestra de que no había sido solo un sueño.
La mujer intentó por todos los medios hacer entrar en razón a su hijo, e incluso, habló con su esposo, pero a pesar de que le mostró la pluma, él le dijo que quizás había malinterpretado las palabras de la gran ave.
Pocos días después se anunció el compromiso, y se dispuso que la ceremonia se llevara a cabo el día antes de la partida de los hombres a la próxima batalla.

Kopján no podía creer lo que veía. Era la noche anterior al día de la ceremonia que lo uniría por siempre a Sarolta. Ella debía estar siendo preparada para el festejo, o al menos descansando para un día muy largo. No, ella estaba ahí, recostada tras unos matorrales en el inicio del bosque. Su cuerpo desnudo, sudado y jadeante, mientras era embestida salvajemente por uno de los guerreros de menor rango.
Al observar la escena, lo primero que pensó fue en que el maldito hombre la estaba forzando, y justo antes de lanzarse sobre este para apartarlo de su amada, escuchó lo que él consideró en ese momento, su condena a un sufrimiento eterno.
―No te detengas… Así, así… ―Sarolta rio de manera histérica―. Si no deseara la posición que obtendré uniéndome a Kopján, lo traería aquí para que aprendiera cómo se hace.
Dolor…
Desolación…
Angustia…
Muerte…
El joven se alejó no pudiendo ver más. Sentía que en su pecho se formaba un vacío y su alma moría lentamente. Deseó abrigar rabia, ira. No pudo. La amaba demasiado como para deshonrarla rompiendo el compromiso, y más aun anunciando el motivo.
«Me casaré contigo, Sarolta, y cuando regrese del campo de batalla, me encargaré de que seas solo mía.»

La ceremonia se llevó a cabo con normalidad. Sarolta sonreía todo el tiempo, Imara lloraba y el muchacho sufría en silencio. Le costó mucho trabajo pronunciar las palabras que le prometían a ella protección y cuidado, y solo la creencia en que había sido un mal momento por el que ella pasó la noche anterior, fue lo que le permitió terminar el ritual.
En el lecho matrimonial él se olvidó de todo lo ocurrido, como pasaba siempre que estaba con ella.
―¿Me amas, Sarolta?
Le había preguntado en un momento de duda. Ella con una sonrisa le respondió:
―Amo todo lo que eres, todo lo que representas.
Y él, malinterpretando sus palabras, se sintió feliz.
Al día siguiente partieron hacia las tierras bajas de los Cárpatos, y no fue hasta un mes después, que la realidad que él mismo quería apartar de su mente y su corazón, le cayó con todo el peso de la desazón.
―No sé cómo Kopján no se dio cuenta nunca de la clase de mujer que convirtió en su esposa.
―Lo tiene envuelto con sus piernas. Ella es experta en eso.
―Yo no me atreví a decírselo. Quiero seguir teniendo la piel sobre la carne, y pensé que ella podía haber cambiado por él ―dijo un tercer hombre.
―Todos los que hemos estado con ella pensamos lo mismo, pero Sarolta no es mujer de un solo hombre. Solo espero que Kopján no lo descubra nunca. Él es un buen muchacho, un excelente guerrero, y se merece una hembra digna de su nombre; no una que ofrece sus favores a tantos hombres como árboles tiene el bosque.
―Y es probable que se haya unido a él por su posición ―opinó el otro hombre, asintiendo con gravedad.
Eso era todo lo que tenía que escuchar. Las palabras que ella había pronunciado la noche antes de la ceremonia en el bosque, calaron en su mente y atravesaron su corazón. Ella no lo amaba, solo deseaba lo que él le podía dar como hijo de uno de los líderes de los siete clanes. Ella lo engañó, lo traicionó, y él aún la amaba.

Quemazón fue lo que sintió. Un ardor tan grande en el pecho que pensó que se incendiaba por dentro. Mas solo fueron un par de segundos, y luego, llegó la oscuridad. No sabía qué le había producido esa sensación, solo recordaba estar montado en su caballo en plena batalla.
Fue en ese momento en que su mente se volvió a nublar por el recuerdo de su esposa. Su cuerpo, su rostro, su hermoso cabello, y luego, la traición y el dolor, dolor que se transformó en físico cuando una flecha atravesó su corazón.
La distracción que le habían provocado los recuerdos, lo hizo ser torpe en sus movimientos. Uno de los enemigos aprovechó la lentitud del jinete para mostrar su recién adquirida destreza con el arco, y lanzar un ataque certero contra el joven. La flecha había impactado en su espalda y atravesado perfectamente la cota de malla, para incrustarse en su corazón.
Desconcierto… al poder ver su propio cuerpo recostado sobre el lomo del caballo, que, por el impacto repentino, se dirigía a todo galope hacia la posición de sus aliados.
Angustia… al ver a su padre recibir su cuerpo, mientras caía de rodillas con él en brazos, gritando como un poseso a los cielos el dolor de la pérdida de su hijo menor.
Tristeza… al imaginar a su madre recibir la noticia de su ya aceptada muerte.
Rabia… ira de la más intensa al darse cuenta que la culpable de toda esa desgracia tenía nombre propio: Sarolta.
«¡Maldita mujer!»
Su madre se lo había advertido y él no quiso escucharla; lo peor era que sería ella quien sufriría por su estupidez. Su padre, su hermano, el nombre de la familia manchado por su absurda muerte.
Todo era culpa de ella. Cuánto la odiaba y cuánto se odiaba a sí mismo por haber entregado su corazón a una arpía como ella.
―No te atormentes más, Kopján. Yo daré consuelo a tu madre y fortaleza a tu padre. Y una muerte en batalla nunca será una deshonra.
El Turul se encontraba detrás de él. Sabía qué forma tenía por los relatos que había escuchado de las mujeres y de los pocos hombres que tuvieron revelaciones, pero nunca lo había visto.
―¡Esa mujer me destrozó a mí y a mi familia! ―Se sorprendió al darse cuenta que intentó hablar y no pudo, solo pensó la frase, y, cuando el Turul le contestó, se percató que este también le hablaba en pensamiento.
Yo me encargaré de que pague por lo que ha hecho. Tú ahora solo debes descansar y esperar.
―¿Esperar qué?
Tu tiempo en esta época ha terminado, mas no tu tiempo en el mundo. Renacerás y todo se equilibrará.
―¿Cuándo será eso? ―Kopján frunció el ceño.
―Cuando sea el tiempo. Ahora descansa, yo me encargaré de tu familia.
Todo desapareció a su alrededor y una oscuridad, que nada tenía que ver con el miedo o la agonía, sino con la paz y la tranquilidad como estado del alma, lo envolvió.


1337
―¿Ya es hora?
―No, continúa descansando, yo te avisaré.


1803
―Quiero que esto acabe. ¡Ya no puedo esperar más!
―Ten paciencia, no falta mucho. Duerme.


Londres, Inglaterra. 20 de junio de 1976
―Despierta. Ha llegado tu hora de nacer de nuevo.
―¿Cuánto tiempo ha pasado?
―El suficiente para que el mundo que conociste desapareciera por completo.
―¿Qué tendré que hacer?
―Solo dedicarte a vivir, todo llegará a ti a su tiempo: la felicidad, y con ella la mujer que está destinada para ti, la que hará que todo se equilibre, la que te pertenecerá por completo y tú le pertenecerás a ella.
―Y ¿cómo la reconoceré? Dime cómo es ella, dónde la encontraré, cuándo la conoceré.
―De nada servirá. Una vez nazcas, todos tus recuerdos serán borrados. Así debe ser y así será. Sin embargo, tu alma la reconocerá, y con eso será suficiente para que sepas que ella te ha de pertenecer.
―¿Y quién seré yo?, ¿a qué me dedicaré? ¿En qué parte del mundo naceré? ―El Turul sacudió su cabeza―. Al menos dime cuál será mi nombre, solo eso te pido, mi nombre.
―Christopher Stone.
Y la oscuridad lo adsorbió de nuevo; esta vez, para dar paso a una luz enceguecedora: la luz de la lámpara de la sala de maternidad.




CAPÍTULO 1



―¡Qué envidia!, y no de la buena precisamente. ―Sussana se levantó de la cama y caminó por la habitación―. Cómo es posible que te vayas con semejante bombón a un viaje de placer a París.
―Primero que todo ―interrumpió la otra chica―, no es un viaje de placer, y segundo, no es a Francia sino a Inglaterra.
―¡Lo que sea! ―refutó Sussana, levantando las manos y agitándolas en el aire―. Londres, París, Tokio… es lo mismo. Y con ese Adonis yo voy a donde sea con tal de tener una noche de salvajes folla…
―¡Alto ahí! Mi salud mental depende de que no termines esa frase. ¡Por Dios! ¿Estamos hablando del mismo hombre? Espero que no, porque eso sería espantoso.
Beth Kremer no entendía cómo su amiga de toda la vida, fantaseaba de manera tan perversa y pervertida con el que ella consideraba su hermano; estaba claro que no lo era, y tampoco se habían criado juntos ni nada por el estilo; solo que cuando ellos se conocieron, la amistad que surgió fue tan grande y especial, que únicamente podían verse como lo que sentían que eran: hermanos. Contando además con que la situación en la que se encontraban lo reafirmaba, por decirlo de alguna manera.
―Tus libros y números te han jodido tanto la cabeza, que no logras ver la belleza masculina cuando se te pone enfrente ―afirmó Sussana sentándose en un pequeño sillón, apoyando los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre sus dos manos, al tiempo que suspiraba­­―. Yo con un hermano así me condenaría por incestuosa, y me iría feliz y chorreante al infierno.
―No puedo seguir escuchando esto ―murmuró Beth, levantándose de la cama y dirigiéndose a la puerta.
Se encontraban en el cuarto de Sussana Jones, una chica de dieciocho años al igual que Beth, de tez morena, cabello negro rizado, y «un poco loca», como la definía su amiga en muchas ocasiones. La habitación siempre le había gustado, aunque estaba segura que nunca escogería algo así para ella. Todo era demasiado rosa con toques de amarillo. Solo Beth sabía cuánto le había costado a su amiga conseguir todo a juego. Ella misma lo había sufrido en carne propia al ofrecerse a acompañarla.
―¿A qué hora paso por tu casa para ayudarte a empacar? ―gritó Sussana, estirando el cuello para poder ver mejor a su amiga, que ya salía de la recamara.
―A las seis estará bien ―contestó Beth, antes de cerrar la puerta.

―Al fin, ¿a qué hora pasamos a recogerte? ―preguntó el hombre rubio a Beth.
―Daniel dijo que a las nueve sería perfecto. ―Beth le sonrió, mientras se dirigía a la cocina para llevar los platos de la comida al fregadero.
Jason Evans (único novio que había tenido su madre desde la muerte de Gabriel, su padre), además de ser el padre de Daniel, era un hombre cariñoso y divertido. Hacía tan solo unos pocos meses que estaban saliendo, a pesar que se conocían de años atrás, y con su forma de ser, logró ganarse la absoluta confianza de Beth, quien impulsó a su madre a que se diera una segunda oportunidad.
No era que hubiese olvidado a su padre. Solo ella, su madre y Dios, sabían por lo que habían tenido que pasar: el sufrimiento, el dolor, la angustia que sintieron mientras veían al hombre que más amaban, consumirse en vida, lentamente. Lo intentaron todo, pero su cuerpo no aguantó más, y después de una última respiración flemática y forzada, su vida acabó. Y luego la desolación. Beth no se permitió llorar frente a su madre. Tenía que darle las fuerzas que ella misma no sentía, y como pudo, la sacó del pozo de oscuridad en el que se había sumergido.
En ese proceso conoció a Daniel, quien fue fundamental en su duelo. Mientras Beth salvaba a su madre, Daniel la salvaba a ella. Fue él quien le dio la idea de salir de Pana y mudarse a Chicago, donde comenzaron su nueva vida. En el proceso Daniel les presentó a Jason, y después de tanto luchar, la chica consiguió que Amelia, su madre, aceptara darse una segunda oportunidad con él. Sin embargo, aún le dolía cuando a veces, la escuchaba llorar en las noches.
―De acuerdo, preciosa. A esa hora estaremos aquí ―prometió Jason, levantándose de la mesa del comedor para ir a sentarse al sofá, a ver televisión con Amelia.
―¡Beth, hija, llegó Sussana! ―gritó Amelia, al escuchar unos golpes en la puerta y un fuerte «llegó por quien lloraban», que era una de las frases con las que la chica solía hacerse notar cuando arribaba a su segundo hogar, tal como ella misma lo llamaba.
Las dos se conocieron cuando Beth se mudó a Chicago y entró a estudiar en el mismo instituto que ella. Fue amor a primera vista según Sussana, y Beth coincidía con esa teoría.
Varios minutos después, Beth suspiraba mientras veía cómo su amiga, que se encontraba acostada en la cama, leía un folleto de viajes que Daniel le había dado, para que conociera más acerca de Londres.
―¿Viniste a ayudarme a empacar o a estar mirando revistas?
―¡Hey!, necesito estar enterada de cuál será el recorrido que hará mi amiga con el follable de Daniel.
―¡No voy a follar con Daniel! Ni siquiera sé qué hago refutando eso ―replicó Beth con expresión de cansancio.
Sussana rodó los ojos e ignoró lo que le había dicho.
―Bueno, según dice acá, los meses más fríos son enero y febrero, siendo el mes más cálido, julio. Las precipitaciones se distribuyen de manera uniforme a lo largo del año, siendo la región oeste, la que más las presenta ―explicó Sussana, ojeando el folleto―. Así que, como estamos en junio, lleva ropa de verano con posibilidades de frío y lluvia.
―Y eso traduce…
―Que lleves un biquini con una chaqueta de cuero y botas impermeables. ―Sussana sonrió con satisfacción, para luego esquivar con una carcajada, la almohada que le lanzó Beth.

―Hola, princesa. Imagino que ya empacaste.
―Sí, Sussana me ayudó, o al menos eso intentó. En realidad, estaba más pegada al folleto que me diste, y divagando sobre cosas sin sentido que solo ella entendía ―respondió Beth con el teléfono sostenido entre su oreja y hombro, ya que arreglaba el bolso de mano con todos los documentos que llevaría para el viaje.
―Esa amiga tuya está un poco loca. Si no fuera porque prefiero las rubias, le habría callado la boca con mi po…
―Por favor, no. Otro, no. No termines esa frase ―tartamudeo Beth con desesperación y algo de asco.
―Si no fuera porque eres como mi hermana y tienes el cabello oscuro también te la callaría a ti ―aseguró Daniel desde el otro lado del teléfono, y soltó una carcajada cuando escuchó que su amiga chillaba y hacía ruidos de arcadas―. Bueno, olvídalo. Y hablando de cosas no muy gratas: ¿ya le dejaste a Amelia la lista de exigencias de la rata?
―¿Cuál rata?
―La rata.
―¡La gata!
―¡Por eso, la rata!
Beth gruñó con desesperación, y giró su cabeza para mirar hacia el rincón de su habitación junto a la ventana. Allí, sobre una mullida camita redonda azul celeste y pequeños cojines del mismo tono, se encontraba la muy acomodada y dormida Naomi, su gata. Sabía perfectamente porqué su amigo le llamaba rata: era una gata de raza Sphynx de color gris plomo en su totalidad. Aun así, para ella no era una «rata», era toda una modelo, en realidad le recordaba a Naomi Campbell en la elegancia y delgadez, de ahí que la llamara así.
Cuando estaba cerrando la puerta de la que fue su casa desde que nació, y daba vuelta para subir al auto en el que la esperaban una sollozante Amelia, y su polo a tierra, Daniel, para partir a Chicago, encontró a sus pies al pequeño animalito. Cuando lo vio se asustó, porque pensó que era una rata ―nunca lo admitiría en público―, pero en ese momento el animal maulló y ahí se dio cuenta que era un gato. Recordó entonces haber visto imágenes de esa raza cuando era niña. Su padre le había mostrado una foto del gato que tenía cuando pequeño, que era de la misma raza de la que tenía en frente, y no dudó un momento en llevarla consigo.
―¿Qué dijo tu madre? ―La mente de Beth regresó a la conversación.
―Mi madre ama a Naomi, y no tiene problemas en quedarse con ella.
―Si tú lo dices. Pasamos por ti a las nueve, entonces. Prefiero esperar, a que nos toque correr por todo el aeropuerto.
―Me parece bien, nos vemos a esa hora. ―Se ahorró el «te quiero» con que siempre se despedía, por la indignación que aun sentía por lo de la gata, y colgó.

Los pequeños arbustos podados de forma rectangular y extendidos de tal manera que formaban una especie de cercado, al mismo tiempo que creaban figuras y daban la impresión de un espacioso laberinto, rodeaban un hermoso jardín en el que rosas, jazmines, orquídeas, lirios, agapantos y demás especies de flores, brillaban hermosas bajo los intensos rayos de sol. Elizabeth Kremer caminaba por entre los espacios formados por los arbustos, y levantaba su rostro para recibir el calor del sol en plenitud. Llevaba un vestido blanco de seda, de delgados tirantes en los hombros, un poco ajustado en el torso y que abría bajo las caderas para caer libremente hasta sus pies descalzos. No sabía dónde se encontraba, ni cómo había llegado hasta allí, solo podía sentir una hermosa paz que la invadía y la reconfortaba.
Caminó unos pasos más hasta el centro del jardín, y se topó con una figura negra sobre un enorme pedestal de piedra blanca. Era la estatua de un hombre con una gran capa con capucha negra, que lo cubría casi por completo, dejando al descubierto solo un rostro hermoso con los ojos cerrados y una expresión adusta…

―¿Qué pasa, muñeca? Te noto cansada. ¿No dormiste bien? ―preguntó Daniel a Beth cuando Jason estaba encendiendo el auto, para dirigirse al aeropuerto.
―Tuve una pesadilla, eso es todo ―respondió Beth, mirando por la ventana del auto.
―¿Estás segura? ―La chica asintió―. De acuerdo, dormirás en el vuelo a Londres.
Beth sonrió y asintió. Daniel le recordaba a su padre cuando no estaba haciendo bromas pasadas de nota. Era algo autoritario; por lo general no opinaba, sino que daba órdenes, y a pesar de que no siempre le convenía, era una de las cosas que más le agradaba de él. Aunque en ese momento tenía razón: debía dormir un poco en el avión.
Se había despertado agitada a las cuatro de la mañana; nunca antes tuvo un sueño como ese. En esa figura había algo que no podía descifrar. No era solo una estatua, parecía que tuviera alma, como si en cualquier momento fuera a moverse y abalanzarse sobre ella. Era algo atemorizante e hipnótico a la vez. Una magia que no entendía, y a la que sentía que pertenecía. A pesar que tenía los ojos cerrados sentía como si la mirara fijamente, a ella y a nadie más. No sabía si quería en realidad que abriera los ojos. Sentía curiosidad, a la vez que sabía… presentía, que eso podría ser su perdición.
Llegaron al aeropuerto, y catorce horas más tarde se encontraban desembarcando en el aeropuerto London Heathrow. Tomaron un taxi y se dirigieron al hotel.
Beth no podía creer que por fin estuviera realizando ese anhelo de su niñez. Uno que apareció desde aquella vez que para ella fue real, guiada por esa voz que le decía lo que tenía que hacer, y en la que sentía que debía confiar, y eso era lo que estaba haciendo.
Pasaron por barrios residenciales, cuyas casas parecían sacadas de revistas de decoración, y en algunos casos, repetidas de tal forma que daba la impresión que no te movías de tu lugar; grandes edificios y complejos empresariales e industriales; y lo mejor de todo, las fachadas arquitectónicas que demostraban la historia y los estilos antiguos de las construcciones londinenses, así como los parques dignos del mejor cuadro jamás pintado.
El Olympic House Hotel ubicado en el Sussex Gardens a unos cuarenta y cinco minutos del aeropuerto, poseía una fachada espléndida, hermosas columnas blancas daban la bienvenida a sus visitantes, y las pequeñas ventanas repartidas uniformemente por toda la parte frontal, lo hacían ver urbano, con un toque de sofisticación.
―¡Increíble! ¿Conseguiste esto por solo, al cambio, sesenta y cinco dólares la noche?
Beth cruzó la entrada del hotel y admiró el bello y acogedor lugar, en el que predominaba un hermoso arreglo de flores en todo el centro del recibidor.
―Dos horas de búsqueda en internet dan buenos frutos.
Daniel le guiñó un ojo y se dirigió al hombre con uniforme, que los esperaba con una sonrisa amable.

Su habitación en tonos vino tinto y crema, la número trescientos tres, tenía un par de camas frente a un gran televisor LCD, una pequeña nevera, un armario y un cuarto de baño que parecía perfecto para una revista.
«Dios, ¿estoy haciendo bien? ―pensó Beth con algo de temor, mientras observaba por la ventana―. ¿Podré soportar lo que me espera? ¿En realidad hay algo que me está esperando? Dios, Dios, ¡Dios!, no me dejes sola en esto, tú sabes que lo necesito, no tengo otra opción. Nunca la he tenido»
―¿Qué te parece?
Beth sonrió, olvidándose por un momento de sus pensamientos.
―Es perfecto, Daniel. ¡Es magnífico! Y lo sería más si no tuviera el trasero dormido por completo, y el Jet Lag jodiéndome el cerebro.
―¿Y qué quieres hacer? Aquí son las seis y quince. A esta hora deberíamos estar comiendo una fruta, según los nutricionistas, para almorzar en un rato.
―Yo no tengo sueño, pero estoy algo cansada. Pidamos servicio a la habitación y luego decidimos qué hacer.
Daniel se frotó las manos y la miró con malicia.
―Mmm, servicio a la habitación. Mi sueño hecho realidad. ―Y acompañó la carcajada de su querida amiga.

Al día siguiente, se levantaron más tarde de lo que esperaban. Aun así, era buena hora para salir y realizar alguna actividad para aprovechar el domingo. No habían salido la noche anterior, sino que se quedaron viendo películas, por lo que se encontraban descansados para cualquier plan.
Estaban en Londres porque Daniel había optado por una beca para estudiar negocios y administración de empresas. Ya había realizado el examen en línea dos meses antes, y al aprobarlo, tenía la entrevista programada para ese mismo lunes.
Al bajar a la recepción del hotel preguntaron por el alquiler de bicicletas para paseos, tomaron dos y se dirigieron al Hyde Park, que estaba ubicado a unas cuantas cuadras de ahí.
―Internet no vale nada ―comentó Beth, mientras pedaleaban por el parque y observaba a su alrededor.
La gran entrada del Hyde Park era magnífica. El diseño consistía en un hermoso arreglo de ornamentos en madreselva griega y los detalles de las hojas eran asombrosos.
―¡Internet vale mierda! ―apoyó Daniel.
Pasaron por un gran jardín en el que el aroma de las flores era fuerte por la época del año. Beth se deleitó con el olor, y rememoró el sueño que había tenido la noche antes de llegar a Londres. Estaba segura que de haber podido oler algo en el sueño, la experiencia habría sido muy parecida a esa.
Después de un tiempo de estar recorriendo el parque, llegaron a la esquina noreste, al Speakers Corner, un curioso lugar en el que los domingos por la mañana se reunían personajes oradores y excéntricos, para hacer discursos sobre diferentes temas, tanto religiosos como políticos.
―Es imposible negar el poder de la unión de las masas cuando estas buscan un fin en común. Pero ¿quién asegura que dicho fin no será luego la prisión a sus propias libertades?…
―Esto me recuerda a las elecciones del concejo en la escuela ―comentó Daniel, mientras reía al escuchar cómo algunos aplaudían las ideas del hombre que daba el discurso, mientras que otros lo abucheaban.
Almorzaron lo primero que se les cruzó por el frente, ya que por querer aprovechar la mañana solo habían tomado unos cuantos tragos de jugo de naranja. Por la tarde bordearon el Lago Serpentine, y decidieron que en el transcurso de la semana regresarían, para subir a uno de los botes.

―¡Por Dios! ¿Te puedes dar prisa? ¡Se nos hace tarde!
―¿Quién fue el que dijo: duerme unos minutos más mientras me baño? ―gritó Beth desde el cuarto de baño, tratando de imitar la voz de Daniel.
―¡Dije minutos, no horas! ―Y escuchó a la chica bufar.
Estaban bien de tiempo para llegar a la entrevista de Daniel, que se había programado para las diez de la mañana, mas no era eso lo que lo tenía nervioso, sino la entrevista misma lo que lo hacía querer darse contra las paredes. Su puntaje había sido muy bueno en las pruebas realizadas anteriormente, sin embargo, temía no tener las facultades necesarias para impresionar a los docentes y directivos.
―Ya estoy lista, vámonos.
Beth llevaba unos jeans negros, con unos Converse del mismo color, y una blusa de franela blanca con gris, manga larga. Daniel iba más formal con un pantalón gris y una camisa azul pálido.
―Tienes la corbata y el saco de vestir en tu bolso, ¿cierto?
―Sí, mi vida, tranquilízate. Todo saldrá bien.
El joven había insistido en llevar las prendas por si creía conveniente usarlas, basándose en los demás aspirantes.
Llamaron a un taxi desde la recepción y minutos después se encontraban ingresando a la Universidad Gillemot. Poseía un aspecto antiguo, aunque contaba con sistemas de vigilancia y seguridad automatizados. La entrada principal la conformaba un gran arco de ladrillo naranja con rejas negras. En lo alto del arco se podía visualizar en metal dorado las palabras ELIZABETH GILLEMOT UNIVERSITY, y a un lado, un escudo que mostraba a una gran ave con las alas extendidas, sosteniendo un pergamino en una de sus patas y una rama de olivo en la otra, el marco del escudo lo formaba un círculo de líneas intrincadas. Beth sonrió al ver su nombre allí escrito.
Al llegar, mostraron la citación al vigilante y recibieron las fichas de visitante. Se dirigieron al ala este en donde sería realizada la entrevista. Un gran grupo de jóvenes, hombres vestidos de forma similar a Daniel y mujeres con traje sastre, se paseaban de un lado a otro con clara expresión de nerviosismo en el rostro.
―Hola, disculpa, ¿aquí se están haciendo las entrevistas para las becas de negocios? ―preguntó Beth a un chico bastante alto, de piel un poco bronceada y cabellos color miel, que se encontraba recostado en la pared.
―Sí, ¿te vas a presentar? ―indagó el joven con una sonrisa.
―Daniel, mi amigo. Yo solo lo estoy acompañando. Beth Kremer ―se presentó extendiéndole la mano.
―Ya quisiera yo que una chica tan linda me acompañara, Jerry Miller, un gusto.
Se saludaron entre ellos y, después de comparar las citaciones a la entrevista, comenzaron a conversar sobre cada uno. Le contaron a Jerry que eran amigos desde hacía algunos años y que sus padres estaban saliendo, que él era mayor que ella, pero no había estudiado porque estaba haciendo cursos cortos para prepararse y poder optar a la beca; además de trabajar para reunir lo del viaje y la manutención.
―Mi padre trabaja en el área de recursos humanos de una multinacional, que realiza inversiones en diversos campos ―comentó Jerry―. Es un negocio familiar. Precisamente ellos son los dueños de esta universidad, y como soy hijo de uno de los empleados, me ofrecieron una beca de estudios. Me salvé del examen, en cambio la entrevista es obligatoria.
―¡Oh!, no sabía que esto pertenecía a una sola familia, ¿quiénes son? ―interrogó Beth.
―Se trata de los Stone. Entre primos se encargan de los diferentes negocios según la actividad. Mi padre dice que son buenas personas. Yo pienso entrar a trabajar con ellos, ahora que empiece mis estudios.
―¿En serio? ―intervino Daniel―. ¿Será posible que yo pueda entrar también? Quiero adquirir mayor experiencia y ganar algo de dinero extra.
Beth sonrió al escucharlo. La conversación lo había relajado bastante.
―Claro, yo creo que sí. Te daré los datos para que entregues tu currículo, y hablaré de ti con mi padre ―prometió Jerry, sonriendo amigablemente.
Daniel le agradeció. En ese momento una mujer de unos cuarenta años, vestida de sastre color gris, llamó a Jerry a Daniel y a otro chico a pasar.
Una hora después, salieron los tres de la universidad, para dirigirse a un restaurante cercano y almorzar juntos.
Las entrevistas habían sido primeramente en tríos, y luego los evaluaron de forma individual. Los resultados los darían a conocer en una reunión el viernes de esa misma semana, así que tendrían tres días y medio libres de tensiones.
Pasaron la semana con Jerry como guía. Fueron de nuevo a Hyde Park, alquilaron una barca de remos en el lago Serpentine, y tumbonas para secarse después de una guerra de agua que casi los saca de la barca. Escucharon al mediodía cómo el Big Ben resonaba, pasearon por Bond Street y vieron las estatuas de Churchill y Roosevelt, se tomaron fotos en el Arco del Triunfo de Wellington y contemplaron el cambio de guardia en Windsor. Y a pesar de que Beth quería tocar el timbre del palacio de Buckingham y preguntar si la reina se encontraba en casa, Daniel y Jerry lograron persuadirla ―no sin usar la fuerza― de que no hiciera un espectáculo mayor al que ya estaban presentando.
Beth casi no pensaba en el motivo por el que había insistido en acompañar a Daniel en ese viaje. Sabía que algo sucedería, solo que no tenía certeza de qué era, y eso muchas veces la hacía sentir una gran incertidumbre, y sobre todo, temor; sin embargo, no podía ignorar las señales que por tanto tiempo la habían atormentado. De igual forma, se encontraba disfrutando de esa hermosa ciudad con dos amigos, y no iba a empañar esa felicidad y tranquilidad que sentía.
El viernes llegó, y con él, los nervios de Daniel y la renovada paciencia de Beth.
Al llegar a la universidad realizaron el mismo recorrido, y se encontraron con Jerry en la entrada del auditorio al que los habían citado. A los pocos minutos hicieron entrar a todos los aspirantes.
Buenos días, damas y caballeros. La ciudad de Londres es uno de los centros financieros más importantes del mundo… ―Fue lo que Beth logró escuchar antes que las puertas del pequeño auditorio se cerraran.
Una hora después, las puertas volvieron a abrirse y Beth notó que la mayoría de los hombres y mujeres salían sonrientes, mientras que unos pocos mostraban clara decepción y tristeza. Estaba muy nerviosa. Sabía cuán importante era obtener esa beca para su amigo y también para Jerry. Se desesperó aún más cuando notó que estrujaba el dobladillo de la blusa color azul rey que llevaba puesta. Daniel salió en el momento en que estaba a punto de entrar a buscarlo.
―Muñeca, ¡pasé! Pasamos los dos.
La chica corrió a lanzarse a sus brazos y él la hizo girar mientras los dos reían. Al detenerse, la mantuvo aún cargada, y ella, por encima del hombro de él, vio cómo desde el final del corto pasillo, un hombre la miraba con intensidad. Era bastante alto, de hombros anchos y caderas estrechas, vestido de manera formal; el traje era de color negro al igual que la corbata, y camisa blanca; tenía el cabello castaño oscuro algo desordenado, y aunque no logró verle bien la cara, por la sombra que generaba la pared lateral, pudo concluir que era un hombre muy guapo. No obstante, la expresión en su rostro era una mezcla de ira y reclamo. Parecía que fuera a cubrir la distancia que los separaba, y saltar sobre ella en cualquier momento. Sintió como si su corazón se detuviera. Todo a su alrededor desapareció y solo existían ese hombre y ella. Ya no había gente, ni paredes, ni suelo, ni techo. No sentía ruido alrededor, no había sensaciones físicas, solo las emociones que fluían.
Furia…
Miedo…
Posesión…
Incertidumbre…
Quiso gritar, pero su cuerpo no le respondía, y eso era lo que más la aterraba, porque sabía que ese hombre que estaba ahí, le había arrebatado todo en ese instante, la había reclamado como suya y temía que fuera cuestión de tiempo para que ese hecho se reafirmara.
―Beth, ¡pasamos! ―exclamó Jerry llegando donde ellos y, sin esperar respuesta, añadió―: ¡Hey, Daniel! Ahí está el presidente de StoneWorld Company, donde trabaja mi padre.
Daniel colocó a Beth en el suelo, y se giró para ver en dirección adonde su nuevo amigo le había señalado, mientras Beth parpadeaba varias veces para salir del aturdimiento en que la había dejado ese misterioso hombre.
Era como si todo hubiese sido un sueño, y aunque solo fueron segundos, ella lo consideró una eternidad.
Los dos estiraron el cuello para tratar de ver sobre las personas que salían del auditorio, mientras Daniel preguntaba cuál era.
―Estaba ahí hace un momento, al parecer ya se fue ―dedujo Jerry, encogiéndose de hombros.
―¿Cómo era, Jerry? ―preguntó Beth mientras seguía mirando en esa dirección. El hombre que la había perturbado también había desaparecido en la multitud.
―Estaba de traje, negro si mal no recuerdo, y tenía el cabello despeinado como siempre. Su nombre es Christopher Stone.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la chica al escuchar el nombre, del que estaba segura, era el mismo que la observaba.




CAPÍTULO 2



Una brisa fresca golpeaba su rostro y alborotaba su cabello. Era una sensación agradable. Un aura de paz se extendía por todo su cuerpo y la hacía sentir plena, tranquila. Tenía al frente un extenso mar azul, pacífico. Las pequeñas olas mojaban sus pies y la espuma blanca se enredaba entre sus dedos. Miró a su alrededor y se encontró con una larga playa que llegaba hasta donde la vista alcanzaba, en ambas direcciones. En toda la escena se respiraba confianza y seguridad, nadie podía dañarla, de eso estaba segura.
De pronto, el mar empezó a tornarse oscuro, más y más cada vez. La brisa golpeó con mayor fuerza, y las olas, antes pequeñas y sosegadas, se volvieron altas y feroces. Todo el panorama había cambiado. El mar estaba embravecido y las olas eran gigantescos monstruos que amenazaban con devorarla sin piedad.
Toda la tranquilidad que había sentido antes se convirtió en pánico puro. Se dio la vuelta para echar a correr, y aunque su intención era huir hacia tierra alta, se dio cuenta que se movía en paralelo por toda la playa. Corría y corría cada vez más, sin lograr alejarse de las altas olas que se estrellaban contra la arena junto a ella. Sin previo aviso, la franja de tierra frente a ella se hundió y fue remplazada rápidamente por el mar. Ella tambaleó y cayó sentada por el fuerte movimiento que se produjo bajo sus pies. Abajo, grandes olas parecían enormes seres negros que tenían como único objetivo devorarla.
Con un fuerte temblor, la porción de tierra en la que se encontraba se inclinó de repente, y ella trató de sujetarse para no caer en las profundidades de esa oscuridad. Sus dedos buscaban soporte desesperadamente. Todo fue en vano. Con un último movimiento brusco, la joven cayó y un grito desgarrador escapó de sus labios…

―¿Qué pasa?… ¿Qué…? ¡Elizabeth!, aquí estoy.
Daniel, que estaba profundamente dormido, saltó de la cama al escuchar el grito proferido por su amiga. Corrió a su cama y la atrajo hacia su cuerpo, mientras ella lo abrazaba con fuerza y sollozaba con la cara enterrada en su pecho.
―Ya pasó, mi vida. Yo estoy aquí, tranquila ―la consoló mientras acariciaba su cabello.
Poco a poco los estremecimientos de Beth disminuyeron y, recibiendo el vaso de agua que le brindaba Daniel, se recostó. Él se acostó a su lado en la pequeña cama y la abrazó.
―¿Quieres contarme lo que soñaste?
―Corría por una playa y un mar negro me tragó por completo.
Él la abrazó con más fuerza y besó su cabello.
―Duerme. Yo estoy aquí para protegerte. No permitiré que nada malo te suceda, Elizabeth. Duerme.
―¿Qué hora es? ―preguntó Beth con los ojos cerrados, tratando de conciliar el sueño, sintiéndose protegida en los fuertes brazos de su amigo.
El sueño había sido tan real como el anterior, aunque la aterró aún más. No le tenía miedo al mar, pero el hecho de que no supiera nadar la hacía sentirse indefensa en una situación como esa.
―Las cuatro y cinco. Todavía es muy temprano, duérmete.
Era martes, y la búsqueda del apartamento para Daniel había comenzado la tarde del viernes, luego de que les dieran la noticia de que habían sido admitidos en la universidad, solo que lo que encontraron, o era demasiado lejos del campus, o era muy costoso; y deseosos de celebrar la buena nueva, decidieron que era mejor dejarlo para el lunes siguiente. Después de todo, las clases comenzaban una semana después, y aunque el sistema becario daba un auxilio de sostenimiento, quería que le quedara algo más del salario que se pudiera ganar. Esa noche del viernes fueron a un bar en el distrito de Islington, al norte de Londres. El sitio era confortable y lo mejor de todo era la buena música. Daniel había ligado con una hermosa rubia que parecía una muñeca inflable viviente.
―Como me gustan a mí, nena: altas, rubias y con buen relleno en los lugares precisos.
Beth había soltado una carcajada y, quedándose con Jerry, conversaron y bailaron toda la noche. Algunos hombres se habían acercado y él los ahuyentó muy hábilmente. Aunque Daniel estaba muy a gusto «manoseando» ―como decía Beth― a la rubia, constantemente miraba en su dirección, y cuando alguien se acercaba, hacía el intento de intervenir; al darse cuenta que Jerry hacia bien su trabajo, se relajaba.
―Gabriel me envió desde el más allá para cuidar a su niña ―decía cada vez que Beth le recriminaba su protección.
El lunes ya tenían tres apartamentos en perspectiva que cumplían con los requisitos básicos, por lo que esa mañana del martes irían a la compañía para que Daniel se presentara ante Leopold, el padre de Jerry, y entregara personalmente su currículo.

StoneWorld Company era un rascacielos de aspecto metálico por los vidrios polarizados y colores grises. En uno de los lados, en el último piso, sobresalía una plataforma redonda, un helipuerto, que tenía acceso directo a la oficina del presidente de la compañía y a la sala de juntas presidencial, según les había comentado Jerry. En la cara del edificio contigua al helipuerto, se podían ver dos enormes letras en color dorado: una S y una W entrelazadas con la palabra Company debajo, formando así el logotipo de la compañía; y en otra de las caras, se apreciaban dos ascensores panorámicos, que parecían dos extensos canales que recorrían la larga fachada.
Cuando llegaron a la oficina de recursos humanos, Beth se sintió nerviosa, ese sexto sentido que tienen las personas cuando alguien las observa, se activó en ella. Disimuladamente miró hacia todos lados, sin encontrar a alguien que le prestara atención. Si bien todos estaban concentrados en sus labores, se sentía vigilada, y sabía que el hombre que la había observado con tanta intensidad en la universidad, era el presidente de esa compañía.
Aún no lograba explicarse el porqué de esa reacción por parte de él, ni por qué ese miedo y angustia por la suya, por lo que su cerebro prefería hacerse a la idea de que solo había sido su imaginación, sin importar que su alma le indicara lo contrario. Hubiera preferido no acompañar a Daniel a ese lugar, aún más después del sueño de esa mañana con el mar, pero no quería, no podía dejar a su amigo solo. Fue a Londres no solo siguiendo la voz de su infancia, sino también para apoyarlo, y eso haría, no importaba lo que sucediera.
Sintiéndose vulnerable, y en un intento por no empezar a temblar, tomó la mano de Daniel y se acercó más a él. Su amigo, malinterpretando sus acciones, la besó en la frente y le dijo que estuviera tranquila, que recordara que el nervioso debía ser él. Ella le sonrió y entraron en la pequeña oficina del jefe de recursos humanos.
Leopold Miller era un hombre de unos sesenta años de edad, tenía el cabello canoso y una expresión en el rostro que denotaba los años de experiencia y sabiduría, que había acumulado a lo largo de toda su vida.
―Papá, estos son mis amigos de los que te hablé, Daniel Evans y Beth Kremer.
El hombre los saludó con amabilidad y los invitó a tomar asiento.
―Jerry trabajará como mi asistente, y el trabajo que tenía pensado para ti, muchacho… ―dijo Leopold mirando a Daniel―, es en la oficina de presupuesto. Están necesitando un auxiliar y, según me ha contado mi hijo, eres muy bueno con los números.
Daniel asintió y sonrió, al tiempo que comenzaba a explicar más de sus facultades y la corta experiencia laboral que tenía.
―De todos modos, tengo que pasar la hoja de vida a mis superiores para que den la aprobación ―comentó Leopold―. Dime, Beth, ¿tú no piensas quedarte también?, aquí podrías…
―Hola, Leo ―interrumpió Olivia, la hermana de Leopold, quien llegaba en ese momento para entregarle unos documentos―. Jerry, hijo, qué bueno verte por aquí. ¿Cuándo empiezas a trabajar?
―La otra semana. Tía, te presento a unos amigos: Daniel y Beth. Chicos, mi tía trabaja en la oficina de tesorería.
La mujer de cabellos rubios lisos, y ojos grises, estrechó las manos de los jóvenes, y cuando tomó la de Beth su semblante cambió. La hilaridad con la que había entrado a la oficina desapareció, y su expresión se tornó sombría. Beth se sintió incómoda por el escrutinio al que era sometida.
―Ten mucho cuidado, niña. Hay algo que te acecha y no es bueno. No debiste venir a esta ciudad, aunque así estaba escrito. Solo cuídate.
Y la soltó.
Un silencio incómodo se situó en la habitación. Beth temblaba, y sentía que su corazón le iba a explotar en cualquier momento si seguía latiendo de manera tan frenética. Sabía a qué se refería la mujer, al menos en parte. Sabía que su destino residía ahí, aunque nunca estuvo segura de si era bueno o malo lo que la esperaba, y esa mujer le acababa de dar la confirmación de lo que tanto temía. También estaban los sueños, y esa sensación de ser acechada como una presa indefensa.
Recordó entonces que su temor se había hecho hombre en la persona de Christopher Stone, el presidente de esa compañía, cosa que no tenía ningún sentido para ella. Un hombre como ese, ¿por qué tendría algo que ver con su destino? Ella solo era una chica de un pueblo americano, que vivía en una pequeña casa con su madre y una gata que parecía una rata; y él, un poderoso empresario, presidente de una multinacional, que seguramente vivía en alguna mansión o un lujoso apartamento y con toda una legión de perros negros entrenados para custodiar sus jardines… Definitivamente eso no tenía ningún sentido. De seguro hasta tendría esposa o, como mínimo, una hermosa novia.
Estaba paranoica, eso era todo, y quizás la mujer solo pudo sentir su angustia y la interpretó de esa manera; después de todo, sabía que existían personas con ciertos dones, que les permitían saber o ver cosas que otros no. De todas maneras, no quería dejarlo pasar por alto, por lo que tendría que buscar la forma de hablar a solas con ella y contarle sobre sus sueños y temores. Quizá pudiera ayudarla y así dejaría de estar tan alerta, sobre todo en ese asunto.
―Tía, por favor, estás asustando a Beth ―increpó Jerry, mostrándose sumamente apenado.
―No te preocupes, Jerry. ―Beth sonrió para tranquilizar al chico, y miró fijamente a Olivia para que comprendiera sus palabras―. Entiendo.
Olivia asintió, y volviendo a su estado de ánimo anterior, les ofreció darle un pequeño recorrido.
Cuando llegaron a una de las tres grandes cafeterías, los chicos se dirigieron a comprar algo para tomar, por lo que Beth aprovechó para hablar con la mujer.
―Olivia, ¿a qué se refería usted cuando me dijo que yo estaba en peligro? ―preguntó Beth, tocando el tema sin tapujos.
No tenía mucho tiempo antes de que sus amigos regresaran, y además, no ganaba nada con rodeos.
―¿Qué has soñado últimamente, Beth?
La chica se sorprendió. ¿Cómo sabía ella acerca de sus sueños extraños? Decidida a sacar la mayor información, le contó los dos sueños que la habían impactado.
―Tu primer sueño es confuso, y parece que no estuviera terminado. Tienes que prestar mucha atención, en especial porque puede que más adelante te revele lo que sucederá. El segundo es más claro y no me gusta nada, hija. Soñar con mar y playa anuncia la llegada de algo nuevo, muchos cambios en el futuro próximo, pero al volverse tumultuoso indica que es inminente un combate difícil. Lo que más me asusta es que caíste en él, eso quiere decir que serás duramente golpeada por el destino. ¿Estás segura de que no te ahogaste en el sueño?
―Totalmente. Solo alcancé a caer ―respondió Beth, temblando.
Todos sus temores eran confirmados. Sentía ganas de llorar, mas no podía derrumbarse ahí, tendría que ser fuerte «Dios mío, protégeme y dame fuerzas», rogó a los cielos. Tenía miedo, solo que algo muy en el fondo le gritaba que así debía ser, que ese era su destino y ella, aunque pareciera loco, estaba dispuesta a enfrentarlo, así sufriera un ataque cardíaco en el proceso.
―Chica, no tengas miedo. ―Tomó su mano y la apretó para darle fuerzas―. Si bien la vida nos pone duras pruebas, estas nunca van más allá de lo que podemos soportar. Tú eres fuerte, lo veo en tus ojos. Aguanta todo lo que puedas, recuerda que siempre después de la tormenta, viene la calma con su respectiva recompensa.
Beth le brindó una sonrisa forzada, y el tema quedó zanjado cuando Daniel y Jerry aparecieron con unos refrescos.

Al día siguiente a primera hora, Daniel recibió la llamada de Leopold en la habitación. El hombre llamó muy sorprendido diciéndole que el vicepresidente de la compañía lo había visitado y, al revisar rápidamente las hojas de vida que tenía pendientes, escogió la de él sin siquiera ojearla.
―Será que el hombre es gay y le gustó tu foto ―bromeó Beth.
Daniel se estremeció teatralmente.
―Tendré que ponerme un tapón entonces, porque mi culo solo trabaja de salida. Ni muerto pienso ponerlo a funcionar en reversa.
Beth se burló y bromeó todo el camino hacia la compañía. Una vez llegaron, se dirigieron a la oficina del padre de Jerry.
―Buen día, chicos ―saludó Leopold―. Daniel, esto es muy inusual. Te comenté ayer que el cargo que tenía para ti era el de auxiliar de presupuesto, sin embargo, recibí la orden de que te enviara a presidencia. Al parecer la asistente te entrevistará y luego decidirán en qué dependencia ubicarte, ¿o te quieren allá? ¡Ay, hijo!, no lo sé, creo que ni el mismo vicepresidente entendía muy bien lo que estaba diciendo.
―¿Sucedió algo, señor Miller? ―preguntó Beth, preocupada por la suerte de Daniel.
―No, niña, no es nada, o eso creo. Mejor vayan de una vez. Eva debe estar esperándolos y ella no es muy paciente que digamos.
Los jóvenes asintieron resignados y subieron a uno de los ascensores panorámicos. La vista era impresionante, se podía apreciar casi todo Londres, y los dos jóvenes parecían niños pequeños en dulcería, soldados al vidrio, observando todo a su alrededor.
Al llegar al último piso entraron a una gran estancia, iluminada por la luz que ingresaba de uno ventanales que cubrían dos de las paredes. A un lado se encontraba la sala de espera, y en el otro extremo se divisaba una pared de madera con dos puertas, una de ellas con una placa con la palabra «Archivos». Junto a la pared se encontraban dos pequeños escritorios, en los que se hallaban dos jóvenes. El primero era un chico que aparentaba unos veintitrés años, cabello demasiado brillante y peinado con un camino en la mitad, enormes gafas redondas y vestido como si su abuela lo llevara al primer día de escuela.
―Y yo que pensé que solo eran producto de la ciencia ficción. ¡Augh! ―exclamó Daniel cuando Beth le propinó un codazo, mientras trataba de contener la risa.
El otro escritorio era ocupado por una chica de cabello rubio, piel pálida y expresión tímida, tenía gafas que, aunque no eran tan grandes como las de su compañero, no estaban para nada a la moda, y su ropa no le favorecía en lo absoluto.
―Definitivamente, ese no es mi tipo de rubia. ―Daniel logró apartarse a tiempo para no recibir un segundo golpe.
En el fondo de la estancia se vislumbraba un espacio en la pared en la que quedaban casi ocultas dos puertas que se enfrentaban, cada una con pequeñas placas, que indicaban la sala de juntas y la oficina de presidencia, y a un costado, un escritorio más grande que los otros, con una mujer sentada en él, la que imaginaron se trataba de Eva. Era muy hermosa, tenía el cabello negro y los ojos de un fuerte color violeta, que eran extraños y atrayentes a la vez. Eva los miró con una ceja arqueada en clara señal de que no estaba para perder el tiempo, por lo que se apresuraron a presentarse.
Los tres siguieron a la sala de espera para poder realizar una corta entrevista, que comenzó con preguntas básicas hacia Daniel. Después de unos minutos, Beth notó que la mujer le prestaba más atención a ella que a él.
―Y tú, ¿qué tienes para decir?
Beth quedó muda ante el repentino cambio de tema. ¿Qué tenía que decir ella si no era la entrevistada? Miró a Daniel quien la devolvió la mirada, igual de desconcertado.
―No sé a qué se refiere, yo solo lo estoy acompañando a él ―respondió Beth, algo nerviosa.
―Entonces eres su novia. ―No fue una pregunta.
«¿Qué le pasa a esta mujer?»
La pregunta le molestó tanto, que le dieron ganas de responder afirmativamente, aunque a último momento prefirió decir la verdad, ya que quizás esa mujer estaba interesada en Daniel, y decir que sí tenían una relación, podía perjudicarlo.
―No, solo somos amigos.
―Ya veo. ¿Y piensas quedarte aquí en Londres o regresarás a América?
«Ahora sí que está raro esto. ¿Qué le importa?», pensó Beth, y miró a Daniel que estaba tanto o más confundido que ella. Se limitó entonces a responder:
―Tengo vuelo programado para dentro de dos días.
Sin razón aparente, la mujer saltó en el sillón en que se encontraba sentada, como si algo la hubiera asustado, y maldijo por lo bajo mientras recobraba la compostura.
―¿Sucede algo malo?, ¿qué tengo que ver yo en esto?, después de todo quien trabajará aquí será Daniel, no yo.
Beth comenzaba a molestarse. Algo no iba bien definitivamente. «¿Será lesbiana?», se preguntó, decidiendo al instante que de ser así tampoco lo justificaría. Sabía que era muy bonita, eso nunca lo había puesto en duda, no era egocéntrica, solo estaba consciente de que al menos fea no era, solo que esa mujer debía conocer a otras mucho más hermosas que ella, así que esa opción estaba descartada, y ella seguía igual de desconcertada.
―Claro que no sucede nada, es solo que hay una vacante y quizás podrías estar interesada, eso es todo.
―Muchas gracias por la oferta, pero ya tengo planes para estudiar en mi país.
―La Universidad Elizabeth Gillemot tiene un gran sistema de becas, podrías trabajar y estudiar al mismo tiempo, como tu amigo.
―Gracias de nuevo. No me interesa, quiero salir de aquí cuanto antes.
Lo que no sabía la mujer era que el «salir de aquí» se refería tanto al edificio como al país mismo.
―Muy bien, entonces, eso es todo. ―Eva se levantó, los jóvenes la imitaron y ella se dirigió a Daniel―: Comenzarás el lunes, así tendrás tiempo de organizar todo lo relacionado con la universidad. Trabajarás hasta las cinco de la tarde para que puedas asistir a clases. El contrato lo arreglas en recursos humanos. Te espero puntual.
―¿Aquí? ―preguntó Daniel―. Tenía entendido que el cargo era para auxiliar de presupuesto.
―No, eso ya cambió, ahora serás auxiliar de… ―La mujer dudó por un momento―, auxiliar de asistente de presidencia, sí, eso. De acuerdo, ahora retírense que no tengo tiempo para perderlo.

―¿Auxiliar de asistente de presidencia? ―inquirió Leopold, muy sorprendido―. ¡Ese cargo ni siquiera existe! Los dos jóvenes que vieron, son pasantes de último año de la Universidad Gillemot, ellos hacen las veces de auxiliares y siempre han sido solo dos, aunque no reportan como tales, y a mí no se me ha notificado de esto.
Todo era muy extraño: preguntas sobre la vida privada de ellos, un cargo que no existía. Lo único que Beth sabía era que después de que su amigo quedara establecido, saldría de Inglaterra para siempre. Ya había cumplido con seguir sus instintos al viajar a ese país, no iba a quedarse toda la vida a esperar.
Leopold se comunicó con Eva y, después de una conversación muy confusa, el hombre les indicó que al parecer el cargo se iba a crear, que le dieran hasta el final de la semana para realizar los procesos pertinentes, y poder elaborar el contrato.
Los dos días siguientes los dedicaron a la realización de los trámites para que Daniel pudiera iniciar las clases: matriculó asignaturas, cuadró los horarios y asistió a las charlas de introducción en las que le entregaron la tarjeta de transporte, alimentación y los acuerdos de auxilio de vivienda.
Beth no había vuelto a tener sueños extraños, en realidad esos dos días no había soñado más, ni bueno ni malo.
Si bien era cierto que quería salir de la ciudad, también deseaba quedarse a averiguar qué era lo que la voz de su infancia le decía, y qué significaba todo lo que le había sucedido en el corto tiempo que llevaba en Londres. Igual sabía que cualquiera que fuera su destino, se cumpliría quisiera o no, así que, si en algún momento la vida pretendía que volviera a esa ciudad, lo haría. Lo único que le importaba, era que el miedo que sentía se acrecentaba a cada hora que pasaba, y la necesidad de escapar, de no sabía qué o quién, se estaba intensificando.

En la tarde del viernes se dirigieron al aeropuerto. Beth le enviaría a Daniel por mensajería toda su ropa y las pertenencias que él ya le había indicado, pues no había querido cargar con todo, sin estar seguro de haber ganado la beca. En la mañana, él había ido a StoneWorld Company para firmar el contrato. Todo estaba listo y, aunque Leopold seguía sin entender muy bien qué había pasado, ya Daniel Evans era oficialmente auxiliar de asistente de presidencia.

―Señorita Kremer, lo siento. No aparece ninguna reserva confirmada a su nombre, ni para este vuelo ni ningún otro ―informó la joven que los atendió en el aeropuerto.
―Eso es imposible, yo mismo hice la reservación hace unos días. Aquí tengo la confirmación que arrojó la plataforma virtual. ―Daniel extendió un documento a la mujer.
―Señor, efectivamente esta reserva se realizó, solo que aparece cancelada el día de ayer en las horas de la mañana, y el dinero se rembolsó a la cuenta de la cual se realizó el pago.
―¡Pero nadie ha cancelado nada! ―Beth se estaba desesperando. La mujer se disculpó y le dijo que tenía las manos atadas: el vuelo estaba lleno―. Entonces puedo tomar otro. ¿Cuál es el próximo que sale para Estados Unidos?
Luego de buscar en su computador, la empleada les informó que había otro vuelo para New York en un par de horas.
―Ese está perfecto. ―Beth entregó su pasaporte y comenzaron el registro.
―Lo siento, señorita Kremer, no registra su pasaporte. Puedo venderle el tiquete, pero igual no podrá salir del país.
―¿A qué se refiere con que el pasaporte no registra? ―preguntó Daniel, exaltado.
Beth cerró los ojos y respiró profundamente. No le gustaba la situación que se presentaba. La joven se disculpó de nuevo y Daniel, de manera poco amable, le exigió hablar con un superior. «Es el destino… El maldito destino… ¡No seas paranoica, Beth Kremer!, es solo un error, eso le pasa a cualquiera», pensó, tratando de darse fuerzas, pues no sabía en el momento si reír o llorar.
―Señores… ―Un hombre de baja estatura, de unos cuarenta años de edad y cabello negro se presentó ante ellos, su expresión era completamente indiferente cuando les dio la información―, tenemos reporte de un proceso legal en contra de la señorita Elizabeth Ann Kremer, por tal motivo, no es posible su salida del país, y su pasaporte ha sido bloqueado. No podemos hacer nada más, eso es todo.
«Dios, dame paciencia», rogó, solo que al parecer El Creador no estaba mirando en su dirección en ese momento. Exhalando un suspiro en el que se esfumó lo último de su paciencia y cordura, colocó las manos sobre el mostrador y se impulsó. La mitad de su cuerpo quedó acostado sobre este, mientras que las piernas colgaban por el borde. En un rápido movimiento tomó las solapas del saco de vestir del hombre, y lo acercó hasta que sus narices se tocaron.
―Escuche bien lo que le voy a decir. ―Su voz era baja y amenazante―. Me vale una grandísima mierda lo que sus plataformas virtuales digan, o lo que el puto sistema judicial de este país tenga en mi contra. No pienso pasar un maldito día más aquí para que estatuas comemierda y mares enloquecidos me atrapen. Así que usted y el estúpido destino se pueden tragar sus deformes testículos y meterse sus problemas para conmigo, ¡por su gordo, peludo y arrugado trasero!

―¡Lo siento, lo siento! ―sollozaba Beth. Tenía los codos apoyados sobre una simple mesa de madera y sus manos sostenían su cabeza, tapando su rostro―. Juro que no sé qué pasó. Yo… no sé, perdí el control… Ni siquiera recuerdo qué le dije a ese hombre… ¡Oh, Dios! Mamá me va a matar. Jason me va a matar. ¡Daniel me va a matar!
―¿Te quieres calmar, Elizabeth? Estás hablando como si yo no estuviera aquí. ―Daniel se encontraba en una silla metálica similar a la de Beth, recostado y con la cabeza apoyada en la pared―. Ya llamé a Jerry. Está hablando con su padre a ver qué se puede hacer para sacarnos de aquí.
Llevaban dos horas encerrados en esa pequeña habitación del aeropuerto.
Después de que Daniel pudo apartar a Beth de un muy enrojecido director de vuelos de la aerolínea, fueron llevados a ese lugar por unos vigilantes, y solo se les permitió hacer una llamada. Desde ese momento no habían tenido más información.
La habitación era de tres por tres metros, tenía una sola mesa de madera con cuatro sillas metálicas, una lámpara colgaba del techo, y un gran espejo formaba parte de una de las paredes. Beth no había parado de sollozar y de decir incoherencias, según Daniel. Ella sabía que no eran desvaríos, era el maldito destino que se estaba cerniendo sobre ella, era esa estatua que aún no se había mostrado por completo, era ese mar que se la quería tragar sin contemplaciones.
Todo se estaba confabulando para que ella no pudiera salir de ahí, de esa ciudad que ya no le parecía tan mágica, o quizás sí… No era esa magia con la que sueñan las niñas y las invita a girar con los brazos extendidos, riendo alegremente en medio de un hermoso parque; era la magia que se condenaba varios siglos atrás, la que practicaban brujas y seres que tenían pacto con el demonio, y que gozaban con el sufrimiento de las almas puras e inocentes.
Jerry entró a la habitación acompañado de un hombre de unos cincuenta y cinco años, calvo y chaparro, cuya ropa no podía ocultar los kilos de más. Beth se lanzó sobre su amigo y tartamudeando, trató de explicarle lo que había sucedido.
―No te preocupes, ya todo está arreglado. Les presento al Sr. Reeve, es uno de los abogados de StoneWorld Company. Eva lo envió cuando mi padre le comentó lo sucedido.
El hombre se acercó y estrechó las manos de los jóvenes.
―Muchachos, pueden irse cuando quieran. Logré alegar que la actitud de la joven se debió a un momento de desesperación, al ser consciente de que no podía regresar a su país. Además, que su edad y el espectáculo que ha estado dando desde que la encerraron aquí, ha servido para justificar mis argumentos.
Beth se sonrojó fuertemente y miró hacia el gran espejo que había en la pared. Estaba claro que se habían recreado con su locura en la habitación contigua.
―Aun así, hay malas noticias ―continuó el abogado―, existe un proceso abierto en su contra, señorita, por inconsistencias presentadas en su pasaporte. Al parecer el número no registra en el sistema. Esto puede ser tomado como falsificación de documentos y eso, jovencita, es un delito grave.
―¡Yo no he falsificado nada!
―Y si ese fuera el caso, ¿cómo se explica que logró ingresar al país? ―alegó Daniel―. Lo habrían detectado incluso antes de salir de los Estados Unidos.
―¡Eso es! ―exclamó Beth, levantando los brazos―. ¡La embajada! Podemos dirigirnos allí. Ellos  deben tener registros o algo que pueda comprobar que mi pasaporte es oficial, que no es una falsificación.
―Ya hicimos eso y tampoco reporta. Según su sistema, usted sí salió del país, lo que no se explican es cómo pudo ser, debido a que no tienen reporte de su documento.
―Eso no tiene sentido, Sr. Reeve ―refutó Daniel, muy nervioso. Beth era su responsabilidad y temía que terminara implicada en algo grave que la pudiera, incluso, llevar a la cárcel.
―En realidad, joven… ―Reeve se pasó un pañuelo por la frente para secar el sudor―, esto es algo, no común, pero sí posible. Le explico, algunas veces pueden generarse errores en el sistema de migración y los números que arroja para el registro del documento, o el mismo documento en sí puede contener erratas, que luego se ven reflejadas en inconvenientes de este tipo. Según los sellos es la primera vez que lo usa, por lo que las autoridades contemplan el hecho de que puede ser un error al momento de generarlo; aun así, no podrá salir del país hasta que se solucione todo este asunto.
―¿De cuántos días estamos hablando? ―preguntó Jerry.
―Creo que no me he explicado bien. El hecho de contar con conocidos en el país que pueden alojarla, y que es un asunto que tiene poca importancia para el gobierno, podría demorar semanas, incluso meses. Lo mejor será que avise a su familia. Me he comunicado con la señorita Eva, y en StoneWorld Company están dispuestos a ofrecerle una beca para que estudie en la Universidad Elizabeth Gillemot, en la carrera que usted escoja, así como un trabajo en la compañía para que se sostenga.
―Pero si es un asunto sin importancia, ¿por qué no la dejan salir? ―Daniel ya se encontraba más tranquilo, Beth no iría a la cárcel. Aunque él no tenía problema alguno en mantenerla el tiempo que ahí estuviera, sí era un alivio saber que no estaría sin hacer nada porque, conociéndola, eso la volvería loca.
―«Poca importancia», joven, no «sin importancia». Entonces, señorita, usted dirá… ¿Señorita Kremer?
Beth parpadeo varias veces cuando la voz del abogado la devolvió a la realidad. Se había perdido por un momento en sus pensamientos. «No tiene sentido luchar, está más que claro que me tengo que quedar aquí… Lo que sea que esté por venir tengo que afrontarlo, yo sé que puedo. Olivia me dijo que la vida nunca ponía pruebas que nos sobrepasaran… yo sé que puedo».
―Disculpe, Sr. Reeve. Al parecer no tengo otra opción. Llamaré a mi madre y trataré de explicarle todo lo sucedido.

El domingo ya se encontraban instalados en el apartamento que Daniel había alquilado. Tenía dos habitaciones ―una de las cuales Daniel pensaba alquilar para poder compartir gastos, aunque, por las circunstancias, sería ocupada por su amiga―, una pequeña sala de estar, y a un costado la cocina con una mesita de comedor. En conjunto, era un lugar acogedor.
Beth se comunicó con su madre y trató de explicarle lo que había sucedido. Al principio se preocupó mucho: sus temores eran los mismos que los de Daniel cuando pensó que todo terminaría mal, y solo se tranquilizó cuando el mismo Daniel le explicó cómo se podían solucionar, y que él estaría con ella.
―Esto puede ser algo bueno para ti, Beth. Piénsalo, cuando lo sucedido con tu padre, te viste obligada a esforzarte el doble para rendir en la escuela, y no tuviste oportunidad de vivir tu adolescencia. Cuando nos mudamos aquí a Chicago, yo me convertí en tu carga… No me interrumpas, eso fue en lo que me convertí; aunque sé que me amas lo suficiente como para no considerarlo de esa manera, así fue, hija. Esta es tu oportunidad de vivir un rato y replantear tu vida, quizá tu futuro se encuentre allá, nadie lo sabe. Sea lo que sea, vive el momento. Yo estaré bien, Jason estará pendiente de mí para que estés más tranquila, y yo cuidaré a Naomi. Te amo, hija, y tu padre desde el cielo te está cuidando, nunca lo olvides, los dos te amamos.
Beth había llorado luego de esa llamada, recordando todo lo que sufrieron con su padre, más aun, lo que él sufrió. El ánimo se lo había levantado su amiga Sussana, quien pasó de la preocupación a la rabia y luego a la emoción.
―Piénsalo, Sussy, tendrás un lugar para alojarte si vienes antes de que todo se arregle. ―Fue lo único que pudo alegar para apaciguar a la chica.
Por recomendación de Daniel decidió no estudiar. Hacerlo sería pensar en quedarse por largo tiempo y eso no era lo que tenía planeado; solo aceptaría el empleo en StoneWorld y así se mantendría ocupada mientras lograba viajar.
Al día siguiente se presentaron a primera hora en la compañía. Daniel, para instalarse en su puesto de trabajo, y Beth, para acordar con Leopold cómo sería su contratación y el lugar que ocuparía.
Cuando llegaron, Daniel acompañó un momento a Beth a la oficina de Leopold, y este lo detuvo antes de que saliera, para informarle que había un cambio de planes.
―Daniel, en vicepresidencia están necesitando un auxiliar, es casi lo mismo que la presidencia, incluso te puede beneficiar más porque ahí se encargan de muchos negocios que el presidente no tiene tiempo de convenir; además, el vicepresidente es más asequible y no es de extrañar que te tome como aprendiz, lo que es poco probable que suceda con el Sr. Christopher Stone. Por el contrato no hay problema, porque ahí se especificaba que se te podía trasladar de cargo siempre que esto no afectara tu salario, y tú estuvieras de acuerdo.
Daniel aceptó, emocionado. La palabra aprendiz tenía más conveniencia que auxiliar, de eso no había duda.
―Para ti, hija… ―continúo, dirigiéndose a Beth―, será el cargo de auxiliar de presidencia. Por tu inexperiencia, al parecer prefirieron hacer el cambio, tomando en cuenta que ya existen dos pasantes.
«Lo que me faltaba.»
Beth no se hallaba muy contenta con estar en presidencia, cerca de ese tal Christopher Stone. De igual manera, se resignaba a que se había convertido en un títere del destino, sin contar con el hecho de que todo podía ser producto de su paranoia basada en sueños y voces de la infancia, y palabras de una mujer que no la conocía. Nunca había sido una cobarde, y ya que no podía hacer nada más en su estadía en Londres, no tenía otra opción que aceptar.
Los dos subieron al ascensor y Daniel se quedó en el piso cuarenta no sin antes indicarle que, de necesitar algo, no dudara en llamarlo. Al llegar al piso de presidencia, Beth se encontró con el mismo panorama de la vez anterior: el mismo chico con el cabello engominado, la chica de mirada tímida, y Eva, con su ya conocida ceja arqueada.
―Veo que ya te informaron del cambio ―dijo la mujer sin saludarla, por lo que Beth se limitó a asentir―. Bien, trabajarás directamente con Christopher, te está esperando en estos momentos, pasa de una vez.
―No…No entiendo. ―Beth se encontraba sorprendida y un poco nerviosa. ¿Cómo iba a trabajar con el presidente si no tenía ninguna experiencia? La única que poseía era el trabajo de medio tiempo en una tienda de comestibles en Pana, y estaba segura que eso no alcanzaba ni para el dichoso cargo de auxiliar que supuestamente debía ocupar―. Se suponía que mi cargo sería auxiliar del asistente, su auxiliar, no del presidente directamente.
―Mira, niña, aquí las decisiones se toman como los directivos consideren y no como tú lo creas. Trabajarás directamente con él, así que entra de una vez, que aquí nadie goza de tu tiempo ni tu paciencia.
«¡Qué carácter!», pensó, arqueando las cejas mentalmente. Caminó entonces hacia la puerta que tenía la placa con las palabras:

Christopher N. P. Stone
Presidente

Antes de abrir la puerta inhaló profundamente.
«Es solo un hombre, Beth, tranquilízate, no puede hacerte nada; además, este no puede ser el mismo de la universidad… Imposible.»
Tomó la manija dorada de la puerta, la giró y entró. La oficina era grande, espaciosa. La pared del fondo consistía en enormes ventanales de grueso cristal de techo a piso, detrás de las cuales se podía ver parte del logo de la compañía, así como unos escalones que, imaginó, llevaban al helipuerto. Observó la puerta que supuso llevaba a la sala de juntas y otra más pequeña que podía ser el baño. A su izquierda quedaba una mesa ovalada que hacía las veces de sala de juntas provisional, y de frente un enorme escritorio de madera color caoba que se mostraba imponente ante ella, como queriendo preceder la estancia. Ahí, sentado en un gran sillón de cuero negro, se encontraba un hombre. Su cabello castaño oscuro, despeinado, anchos hombros, postura altiva y arrogante, vestido todo de color gris plomo, excepto por la camisa blanca, no daban lugar a dudas de que se trataba del presidente de todo ese imperio.
El hombre levantó la cabeza lentamente y fijó su mirada en la joven que se encontraba en la puerta. Era él, Beth ya no tenía ninguna duda. Ese era el hombre de la universidad, era el que la había mirado con tanta intensidad como lo hacía en ese momento, e incluso, logró atisbar la misma ira en sus ojos de un azul tan intenso, que parecía el color del mar en pleno medio día. Dicha reacción cambió casi enseguida, y un sentimiento de satisfacción y orgullo se estableció en su rostro, al tiempo que una lenta sonrisa ladeada adornó sus facciones.
Beth soltó un pequeño jadeo. Ese hombre tenía un poder que no consistía en el dinero o los contactos políticos e influencias sociales; era algo del alma, algo que era dado a solo unos cuantos, y que la hacía estremecer y sentirse vulnerable por completo.
El hombre se levantó de su asiento y apoyó las manos sobre el escritorio para inclinarse hacia adelante. Su sonrisa se ensanchó aún más, y con una voz que parecía presagiar tormentas eternas y pasiones violentas, declaró:
―Elizabeth Ann Kremer, ahora me perteneces.
«Un títere, soy un maldito títere del destino.»






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